Relación con la comunidad

Bibliotecas aborígenes: recuperación de un patrimonio olvidado

Edgardo Civallero es licenciado en Bibliotecología y desde hace cinco años se encuentra trabajando en un proyecto muy particular: la creación de bibliotecas aborígenes en el noreste argentino. El objetivo principal es promover la recuperación de la memoria y la identidad de los pueblos indígenas, así como apoyar su desarrollo cultural. Para ello, el egresado de la Facultad de Filosofía y Humanidades se internó en algunas comunidades indígenas de Chaco, Formosa y Misiones y puso en marcha una iniciativa que consiste en implementar un modelo de biblioteca creado específicamente para satisfacer necesidades de formación e información de usuarios aborígenes.

La propuesta de Edgardo Civallero nació en 2001 como parte del proyecto para su tesina de la Licenciatura en Bibliotecología y, dos años más tarde, se convirtió en un trabajo de extensión que obtuvo una beca de la Universidad Nacional de Córdoba. Durante una estadía de dos años en la provincia de Chaco, el bibliotecólogo –nacido en la ciudad de Buenos Aires- comenzó a establecer contacto con las comunidades nativas de la región. “La realidad indígena en el noreste argentino, al igual que en muchas zonas de nuestro país, se encuentra al caminar por la calle y es una herencia que todos tenemos, aunque la gran mayoría de los argentinos prefiere ignorarla”, señala Civallero.

Es que si bien la Constitución Nacional, desde la reforma de 1994, reconoce  en su artículo 75 "la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos", garantizando "el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural", la realidad de los aborígenes dista enormemente de tal declaración.  “En contacto con ellos me di cuenta que uno de sus grandes reclamos es la falta de oportunidades. La sociedad los empuja a renunciar a su naturaleza y adaptarse a las nuevas circunstancias, pero una vez que se integran no tienen acceso a la educación y tienen que abandonar su identidad”, explica el licenciado.

Culturas en peligro

De acuerdo con el bibliotecólogo, las comunidades originarias se ven sometidas, desde hace siglos, a una fuerte presión cultural, política y socioeconómica, que ha empujado a muchos grupos a la desaparición o, en el mejor de los casos, a la aculturación, con la consiguiente pérdida de los rasgos que constituían su razón de ser: lenguas, creencias, organización social, costumbres, sistemas económicos, etc. “En la actualidad, muchos pueblos aborígenes se encuentran en un limbo entre su antigua forma de vida y el sistema social dominante, sin saber –o sin poder- integrarse, buscando una identidad perdida, la única que, como en todo ser humano, puede dar sentido y razón de ser a la existencia”, sintetiza Civallero.

Según datos oficiales, en la Argentina actualmente son doce los pueblos reconocidos como indígenas, más varias comunidades mestizas que se definen como descendientes directas de poblaciones originarias.  En la región del noreste se encuentran asentadas la mayoría de ellas: avá (chiriwano), avá (chané), yojbajwa (chorote), nivaklé (chulupí), wichi (mataco), qom (toba), apitalaxá (pilagá), moqoit (mocoví) y mbyá (guaraní). “En esta zona -que incluye Chaco, Misiones, Formosa y parte de Salta- todavía existen nueve culturas indígenas en plena vigencia: con sus tradiciones, su lengua particular, su historia de siglos y un patrimonio cultural intangible impresionante que se está perdiendo día a día porque nadie le presta atención”, dice el licenciado. De este modo, los pueblos indígenas que sobreviven en el territorio nacional -al igual que en otras partes del continente- deben enfrentarse diariamente a situaciones de pobreza extrema, enfermedad y analfabetismo.

Aportes de la bibliotecología

¿Qué aportes pueden hacerse desde la bibliotecología a la compleja realidad que viven los miembros de las etnias nativas? Precisamente, en la búsqueda de una respuesta a este interrogante es que Civallero decidió llevar a cabo el proyecto de las bibliotecas aborígenes. “Durante la carrera –indica- con el acceso a los materiales educativos y el contacto con otros colegas latinoamericanos, me di cuenta que había muchas herramientas que no eran aprovechadas”. De este modo, el joven diseñó una propuesta para que las técnicas, conocimientos y metodologías propias de esta disciplina se pongan al servicio de los usuarios aborígenes.

El proyecto, en consecuencia, desafía la imagen tradicional que habitualmente se tiene de las bibliotecas como espacios cerrados, silenciosos, y para uso exclusivo de una élite ilustrada. “La biblioteca no es eso, ha sido un institución gestora de memoria desde que el hombre empezó a escribir. Sus horizontes y potencialidades son increíbles, sobre todo con la incorporación de las nuevas tecnologías”, argumenta el bibliotecólogo.

Las fonotecas

A partir del reconocimiento de algunas experiencias similares realizadas en países como Canadá, Nueva Zelanda, México y Perú, Civallero desarrolló durante 2003 su proyecto de extensión en base a un modelo teórico. Sin embargo, al momento de implementar la propuesta, el licenciado se topó con numerosas dificultades, la principal radicaba en que estas culturas indígenas son ágrafas, es decir que no poseen sistemas de escritura o representación gráfica de la información. En consecuencia, fue necesario trabajar a partir de la recuperación oral de sus relatos.

“No era posible armar una biblioteca que recuperara el conocimiento indígena en los soportes clásicos, por lo tanto, comencé -grabador en mano- a recoger su tradición oral”, apunta. Así, se instaló en las comunidades aborígenes ubicadas en las localidades de Saénz Peña, Resistencia, Quitilipi, Colonia San Martín, Villa Ángela, La Tigra, Pampa del Infierno y Pampa del Indio, entre otras, para iniciar su trabajo en las escuelas. “Empecé a entrevistar a los maestros, porque eran quienes tenían el contacto más directo con la población infantil y, a su vez, eran la vía para ingresar a la comunidad”, explica y continúa: “En Chaco, en ese momento, se estaba implementando un sistema experimental de educación bilingüe, para el cual tenían docentes auxiliares que traducían lo que decía el maestro a la lengua mayoritaria de los alumnos: mocoví, toba o wichi”. De este modo, pudo acceder a las distintas comunidades, aprendió a hablar algunas lenguas y logró entrevistar a mujeres, ancianos y otros integrantes que recordaban anécdotas, leyendas, costumbres e historias de otros tiempos.

Como resultado, se lograron recopilar numerosos registros organizados en fonotecas, es decir colecciones de casetes sistematizadas que contienen cuentos, tradiciones, cantos y experiencias de la comunidad en sus propias lenguas. Las fonotecas fueron instaladas, principalmente, en las escuelas de cada localidad. En  Saénz Peña además quedó una copia del trabajo en la biblioteca del CIFMA (Centro Integrado de Formación para la Modalidad Aborigen) que es la institución donde se forman los maestros auxiliares.

Para Civallero, “este acervo se convierte en algo extremadamente vulnerable” si se considera que la supervivencia de las historias y los conocimientos se encuentra sólo en la memoria de unos pocos cultores de la tradición oral. Las nuevas generaciones, por lo general, ya no hablan la lengua de sus antepasados o la niegan, justamente, por la discriminación y marginación que sufren en los centros urbanos.

Libros tobas…

Con el propósito de vincular el universo indígena con la sociedad occidental, el bibliotecólogo también diseño una propuesta para la realización de libros en lenguas autóctonas junto a los grupos de alumnos aborígenes. “Aparte de las fonotecas, pensamos que los niños necesitan conocer los elementos de la lecto-escritura y habituarse al formato del libro para poder desenvolverse en el mundo actual”, manifiesta Civallero.

De esta manera, les propuso a los estudiantes que contaran sus leyendas a través de dibujos y que, con la ayuda de los maestros auxiliares, escribieran las palabras en su lengua para acompañar las imágenes. “Ellos armaron así sus propios libros en la escuela. Es una forma de ver que su lengua también puede escribirse al igual que la que escribe la maestra en el pizarrón”, sostiene.

A la luz de esta experiencia, el bibliotecólogo considera sumamente necesaria la creación de bibliotecas aborígenes que funcionen, por un lado, como centros de recuperación cultural y, por otro, como lugares que proporcionen información sobre prevención de enfermedades, derechos humanos, y otros temas que permitan mejorar la calidad de vida de los habitantes.

Derechos nativos

Actualmente, la principal preocupación de los investigadores y especialistas a nivel internacional consiste en tratar de unir dos conceptos: conocimiento indígena y biblioteca digital. Sin embargo, Civallero es muy cauto sobre las posibilidades de lograr esta articulación en las comunidades de la región y recalca la necesidad de no descuidar la noción de servicio en pos de los adelantos técnicos. “Latinoamérica está de este lado de la brecha digital –aduce-; es un continente rural, campesino, donde muchas veces no se tienen esos recursos ni la educación para poder utilizarlos”.

A pesar de ello, afirma que en nuestro país se están empezando a utilizar los recursos multimedia para recuperar la tradición oral y poder aplicarlos en las escuelas que ya tienen acceso a este tipo de tecnología para apoyar la educación bilingüe.

Asimismo, el joven resalta que en los últimos años se ha iniciado un “movimiento

bibliotecológico”, aún tímido, orientado a plantear la necesidad de bibliotecas destinadas a usuarios indígenas. “Este movimiento, que ha tenido aceptación en aquellas naciones con un elevado porcentaje demográfico aborigen, apenas ha tocado nuestro país, donde los derechos nativos se reconocen en el papel, pero son pasto, en la realidad, para el olvido y la discriminación”, expresa.

 

 

La misión

“Con este proyecto se busca volver a la esencia de las bibliotecas: su misión de conservar y difundir la cultura y el conocimiento humano, la mayor riqueza del género. Se ha buscado un enfoque solidario y respetuoso. Quizás -aun cuando se vaya haciendo realidad lentamente- la idea planteada parezca utópica. Pero en nuestras manos está el darle alas a ésta y a otras utopías, y concretarlas en acciones. Tal es la misión de todo profesional: volver útil el conocimiento aprendido en las aulas.

Y en una época vacía de esperanzas, no está de más soñar. Después de todo, así comenzó esta aventura: sueños cuneiformes plasmados sobre tabletas de arcillas, allá, en un remoto rincón del cercano Oriente, hace milenios...”

Edgardo Civallero