Lxs aparecidxs de Filo

José Luis Goyochea es una de las 17 personas que identificó el Equipo Argentino de Antropología Forense luego de haber encontrado sus restos y los de su esposa Nélida Moreno en los predios de La Perla. Estudiaba filosofía y economía cuando fue secuestrado y desaparecido en agosto de 1977. El 13 de abril de 2026, su hija Agueda recibió el legajo estudiantil reparado, al igual que familiares de Cecilia Carranza, una de las mellizas identificadas en marzo pasado, que era estudiante de Ciencias de la Educación al momento de su desaparición.

“Soy hija de José y Nelly, a quienes se llevaron juntos y hoy volvieron juntos”, dijo profundamente conmovida Agueda Goyochea, una de las hijas de José Luis Goyochea y Nélida Moreno, secuestradxs el 15 de agosto de 1977, asesinadxs y desaparecidxs en La Perla hasta mayo de 2026, cuando desde el Juzgado Federal Nº3 se comunicaron para confirmarle que su papá y su mamá habían sido identificados junto a otras 15 personas por el Equipo Argentino de Antropología Forense, en el marco de la causa que investiga las desapariciones en el ex centro clandestino de detención, hoy Sitio de Memoria y Derechos Humanos.

En una conferencia de prensa que transmutó a ritual colectivo por la memoria y la justicia que conmovió a lxs que colmaron la sala y a las personas que seguían la transmisión de manera virtual, Agueda rescató la importancia del encuentro con demás familiares, “con otras historias que no conocemos”, además del valor de “esta puesta en común de terrible humanidad” que permite comunicar a la sociedad lo que está pasando con las personas que fueron desaparecidas por el Terrorismo de Estado y hoy se están encontrando e identificando. Como es el caso de su papá, que llegó desde La Rioja a mitad de los 60 para estudiar en una universidad y una provincia que era cobijo y vanguardia de las principales luchas obreras y estudiantiles de aquel tiempo.

En ese contexto de revolución, “Luis”, como lo nombra su hija, vivió sus primeros cuatro años de estudiante en el Colegio Mayor de Córdoba, un pensionado universitario que fue según Agueda “muy importante para él y para muchos jóvenes de la época, porque es ahí donde empieza a militar y participar activamente de la vida universitaria”.

Además de estudiar Economía en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNC, José Luis se inscribió en 1970 en la Escuela de Filosofía. Por este motivo, el 13 de abril de 2026 Agueda recibió por parte de la Facultad de Filosofía y Humanidades el legajo reparado que da cuenta de su paso por la institución y fundamentalmente de los motivos por los cuales no pudo seguir estudiando. Una reparación histórica que fue posible gracias a la inmensa tarea colectiva realizada por la Facultad y las escuelas de Filosofía, Historia, Letras y Ciencias de la Educación, el Observatorio de Derechos Humanos de la Secretaría de Extensión de la UNC y el Archivo Provincial de la Memoria, además de estudiantes, docentes, egresadxs y nodocentes que durante años trabajaron en la reparación y la reconstrucción de los legajos y las historias de vida de sus desaparecidxs.

En un material que reconstruye momentos de la vida de lxs estudiantes y egresadxs, y que acompañó la copia de los legajos originales entregados a sus familiares, consta que José Luis se inscribió en 1965 en la carrera de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNC, donde rindió materias hasta 1977, y que en abril de 1970 ingresó a la carrera de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Humanidades. Además de dedicarse a ambos estudios, trabajaba en el Departamento de Estadísticas de la Subsecretaría de Planeamiento de la Provincia de Córdoba, y se había casado con Nélida Noemí Moreno Maza, psicopedagoga egresada del Instituto Cabred, quien era empleada administrativa en la Policía de la Provincia. José Luis y “Nely” tuvieron tres hijos, un niño y dos niñas, y militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

La pareja fue secuestrada el 15 de agosto de 1977 en barrio General Paz y llevada al Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio “La Perla”, donde fue torturada, asesinada y según consta en la Megacausa de La Perla, trasladada entre octubre y noviembre de ese año al lugar conocido como Loma del Torito, donde sus restos fueron encontrados por el EAAF en 2025 e identificados recientemente.

“Hoy estamos conmovidos, emocionados, pero en esta hilazón de pensamiento que hacemos con el resto de los familiares quería traer muy especialmente a Victoria, a Lili, a Mirta y a Tina, sobrevivientes de La Perla que hicieron posible y trabajaron con amor para que pase lo que hoy está pasando aquí. Todavía quedan muchos otros compañeros que aún buscan, que todavía no encontraron ni a su mamá, ni a su papá, ni a su tío o su tía, y creo que esto debe comprometernos a todos cómo seguir, ha sido un camino largo pero no llegamos solos”, dijo Agueda en la sala de Tribunales.

También remarcó que lo que está pasando en Córdoba debe comprometer a otros gobiernos, “ya que muchos venían desde otras provincias a estudiar acá”. Sobre el impacto jurídico que pueden tener estas identificaciones, advirtió que el hecho de haber encontrado pequeños restos óseos, producto de una remoción que según testimonios militares se habría realizado en La Perla en 1979 para esconder los cadáveres, indica que “es necesario seguir investigando, porque acá hay huesos que fueron profanados, rotos esos cuerpos que ya estaban asesinados. Por eso creo habría que profundizar la investigación, porque hicieron todo lo posible para ocultarlos y quienes lo hicieron deben dar cuenta”.

En el mismo día en que se realizaba la cuarta marcha federal en defensa de la universidad pública, la hija de José Luis Goyochea no dejó pasar la “coincidencia” con este hecho, ya que su papá, como muchxs otrxs desaparecidxs, tuvo una “muy activa vida estudiantil en esta universidad”.

Aunque dijo no tener palabras para expresar lo que su familia siente por haber encontrado e identificado a su papá y su mamá, “sí tenemos una profunda emoción por entender qué es lo que está pasando y cómo se dialoga con esto, porque el tiempo de nuestros padres fue un tiempo muy difícil, complicado, pero a la vez muy valioso. Ellos, ellas, decidieron pelear en su tiempo y tuvieron poderosos motivos para hacerlo, discutirlo, pensarlo, para vivirlo plenamente, y siento que nuestro tiempo nos encuentra un poco perdidos, por eso me gustaría saber cómo se dialoga con otros que ya no están, cómo se recupera esa experiencia, porque los huesos nos faltan a las familias, pero hay algo de toda esa práctica que le falta a un pueblo y eso creo que nos compete a todos. Y pienso que una manera de homenajearlos es agradecer la profunda valentía con la que vivieron”.

La vida por delante

El 17 de marzo de 1975 Cecilia Carranza llegó desde la ciudad de San Francisco para inscribirse en la carrera de Ciencias de la Educación de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Vivía con su hermana Adriana, que estudiaba Ciencias de la Información, en Santa Rosa 1058, Barrio Alberdi de la ciudad de Córdoba.

En su ficha de inscripción declaró que no trabajaba, por lo que su dedicación al estudio tuvo resultados en su primer año universitario: rindió los tres módulos del cursillo de ingreso que el interventor Menso había impuesto con ánimo de control ideológico: Geografía Argentina, Idioma Nacional e Historia Argentina. También aprobó las materias de Introducción a la Filosofía, Psicología General y Pedagogía.

Ambas habían nacido el 6 de julio de 1957 en la ciudad del este cordobés, y eran las menores de ocho hermanos. “Con Cecilia y Adriana crecimos juntas, yo tenía apenas 6 años menos que ellas y compartimos mucho la vida familiar, la casa de los abuelos. Hasta íbamos a una academia de inglés juntas, venían a comer a casa asiduamente”, cuenta Fernanda, su sobrina, que el 18 de marzo pasado participó de la conferencia de prensa que en Tribunales Federales anunció que el EAAF había encontrado restos pertenecientes a las mellizas Carranza, e identificado a alguna de ellas. “Al tener el mismo patrón genético, nunca sabremos si lo que se encontró enterrado en La Perla es de Cecilia o Adriana”, agrega Fernanda, quien junto a su madre y una hermana participaron de la entrega de legajos reparados que la Facultad de Filosofía y Humanidades realizó el 13 de abril, en una jornada muy emotiva e histórica.

Excelentes estudiantes y militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores, ambas hermanas fueron secuestradas de su domicilio el 5 de mayo de 1976 por un grupo de entre ocho y diez hombres armados vestidos de civil, de la casa a donde se habían mudado, en barrio General Paz. Las llevaron a La Perla, donde fueron asesinadas y desaparecidas. “En el legajo de Cecilia pudimos ver que ella desaparece en mayo del 76 y había rendido su última materia en abril de ese año con un 8”, señala Fernanda, quien relata que la relación con sus tías era muy cercana. “Nos veíamos muchísimo porque nuestra casa quedaba muy cerca de la casa de mis abuelos, donde ellas vivían”.

Según el testimonio de Alicia, una compañera de carrera de Cecilia con quien compartía cursado y en un momento también la vivienda, las hermanas Carranza “estudiaban en la plaza del barrio, entre apuntes, mates y meriendas, y que hablaban de la militancia”.

Su compromiso lo ejercieron hasta el momento previo a ser secuestradas, cuando recolectaron ropa y dinero para enviar a las presas políticas, y ayudaron dándoles albergue a compañeros y compañeras clandestinos que venían huyendo de otras provincias. “Ellas no comentaban de su militancia, pero nos corregían y nos enseñaban», dice Fernanda. «Por ejemplo, te decían ‘esa persona trabajó 8 horas y le pagaron como si hubiera trabajado una, eso se llama explotación. Después nosotras decíamos alguna cosa de quienes trabajaban en casa haciendo la limpieza, algo discriminador, te llamaban y te decían ‘qué estás diciendo, son iguales a vos, tienen los mismos derechos. Tenían 18 años pero muy en claro lo que era la justicia, la solidaridad, llevaban ropa a los barrios humildes, al mismo tiempo que hacían vida normal, salían con nosotras a andar a caballo, escuchábamos música, se vestían a la moda. Para ellas la militancia era tan importante como el estudio y la familia, no estaba despegada una cosa de la otra, todo importaba igual. Estaban comprometidas con todo lo que hacían y tenían muchas ganas de vivir”.

Por Camilo Ratti
Fotografías: Satoshi Higa, Emilia Betancur, Archivo FFyH y archivos familias Carranza y Goyochea.