Presentación del libro «Escuela de Artes» · 4 de septiembre de 2026
El discurso de Oscar Moreschi en la presentación de «Escuela de Artes»
Oscar Moreschi fue secretario de la Escuela de Artes de la UNC entre 1964 y 2010. En la presentación de su libro Escuela de Artes. Universidad Nacional de Córdoba, el 4 de septiembre de 2026 en el Auditorio del CePIA, leyó estas palabras. Las publicamos acá de la manera más fiel posible a como las escribió, junto con las palabras con las que se había despedido de la Escuela al jubilarse, en 2010, que también compartió ese día.
El video que proyectó en la presentación
Moreschi también compartió este video durante la presentación del libro.
Agradezco la presencia de todos ustedes y el esfuerzo de quienes organizan el acto. Especialmente el esfuerzo de algunas personas por descubrir cosas y rehacer el pasado. Santiago Sein, que abrió una serie de latas y descubrió imágenes, y Eugenia Monti que, en la Biblioteca, tomó una serie de libros enormes y descubrió y digitalizó palabras. Imágenes y palabras, puesto que de eso se compone una memoria: la memoria de esta casa, dirigida por una joven que vivió en ella desde muy niña y hoy la dirige como Facultad: Alicia Cáceres.
Debo aclarar que este es un momento muy especial. Las celebraciones son varias. Está el libro, pero además el libro no existiría si no se cumplieran varios aniversarios: el 25 de septiembre de 1946 se creó la Facultad de Filosofía; el 3 de diciembre de 1948 se creó la Escuela de Artes, y el 12 de noviembre de 2011 se la convirtió en Facultad. Parece que todas las creaciones universitarias se dan sobre los finales de año.
Con esos datos, hoy podemos celebrar 80 años de la Facultad de Filosofía y 68 de Artes, pero solo 15 de Facultad de Artes. Esto último, por disposiciones arbitrarias y autoritarias: el 7 de febrero de 1975, con la Misión Ivanisevich y el rector interventor Mario Víctor Menso, la Escuela pasó a depender e integrar la Facultad de Filosofía, hasta el 12 de noviembre de 2011, en que se independizó.
Esto nos hace decir que durante 36 años fuimos una sola institución. Convivimos desde 1975 hasta 2011, 36 años durante los cuales ocurrieron 21 cambios presidenciales: Levingston, Lanusse, Cámpora, Lastiri, Perón, Isabel, Videla, Viola, Liendo, Lacoste, Galtieri, Saint Jean, Bignone, Alfonsín (30 de octubre de 1983), Menem, Puerta, Rodríguez Saá, Camaño, Duhalde, Kirchner y Cristina, en su primer mandato. A algunos admiré y a otros odié.
Hubo 18 rectores distintos: Gavier, Nores Martínez, Edgar Ferreyra, Menso, Clariá Olmedo, Quintana Ferreyra, Poviña, Luque Colombres, Morra, Piantoni, Rébora, Delich, Staricco, Juri, Pardina, Horacio González, hasta Carolina Scotto. A algunos admiré y de otros, mejor no hablar.
Y hubo 16 decanos: desde Raquel Ferrario, Felauto, el mayor Romero, Luque Colombres, Poviña, Segretti, Montenegro, Manzur, Burnichón, Rubio, Faas, Ana Alderete, Carolina Scotto, Liliana Aguiar, hasta Gloria Edelstein. A algunos admiré y de otros…
Hubo 16 directores: de 1961 a 1972, el arquitecto Raúl Bulgheroni; de 1972 al 13/3/1973, Ornella Balestreri; del 14/3/1973 al 8/6/1973, César Miranda; del 8/6/1973 al 24/11/1974, Federico Bazán, por asamblea; del 7/1/1975 al 21/2/1975, Mario Perini, secretario académico a cargo; del 22/2/1975 al 20/5/1975, Horacio Suárez, interventor; del 17/6/1975 al 23/12/1975, Héctor Bianchi, interventor; del 16/6/1976 al 3/8/1976, César Franchisena, interventor; del 4/8/1976 al 1/12/1976, Selva Gallegos, interventora; del 1/12/1976 al 1/11/1984, Dante Medina, interventor y normalizador; del 3/12/1984 al 3/5/1989, Tito Miravet, normalizador, dos períodos; del 1/6/1989 al 9/10/1992, Nora Zaga, dos períodos; del 10/10/1992 al 19/10/1994, Antonio Fernández; del 10/10/1994 al 10/10/2004, Gabriel Gutnisky, cuatro períodos; de 2004 a 2008, Arturo Borio, dos períodos; de 2008 a 2010, Ana Yukelson, y decana desde el 12 de noviembre de 2011 por la conversión en Facultad de Artes.
Una vida en la Universidad
Estoy aquí porque me sentí con la obligación de recordar todo mi pasado por la Escuela de Artes, hoy Facultad. Me pareció necesario compartir una serie de vivencias, algunas de las cuales están en mi libro y otras que, así como las viví yo, calculo que de alguna manera todos ustedes las han tenido o están teniendo en esta Universidad.
Universidad Nacional de Córdoba. ¡Qué universo especial encierran esas palabras! Cómo llegamos a ella. ¿Qué esperanzas y expectativas teníamos? ¿Qué esperábamos vivir, y cuánto verdaderamente ocurrió en su interior?
Mi padre me trajo a estudiar Abogacía en 1959. Llegamos en tren a la estación; cuando salimos a cenar fuimos a un lugar con varias mesas y niñas jóvenes: cada comensal terminaba de comer, pagaba y salía con una señorita que él señalaba. Mi padre, al advertirlo, me dijo seriamente: «Creo que nos hemos equivocado de lugar». Más tarde, cuando entramos a la Bedelía de la Facultad, entonces en Trejo 242, observé que las señoras encargadas del Despacho de Alumnos, detrás de unas ventanillas con gruesas rejas, no nos recibían con demasiada simpatía. Allí se me ocurrió pensar, pero no lo dije, que también nos habíamos equivocado de lugar.
Pero más tarde, al compartir comedores con otros jóvenes como yo, con peruanos, catamarqueños y otros provincianos; al viajar en ómnibus al comedor de José Miranda con la conducción del chofer al que habían bautizado Yuri Gagarin; al asistir a clases en aulas enormes con docentes muy serios, comprar apuntes de venta por kilo y compartir ideas con compañeros nuevos en el Centro de Estudiantes, y trabajar en el Cine Club 1918 de la FUC con Marcelo Pasternac y Pedro Berend, se me fueron cambiando las ideas y los atractivos, y comprendí que esa gran casa de Trejo se iba a convertir, casi, en mi nuevo hogar.
A cierta edad uno se siente impulsado a recordar lo vivido en ella y siente la necesidad de compartir con todos las vivencias que desarrolló a lo largo de un tiempo. Uno se pone a revisar lo vivido, y lo primero que surge no son solo las obligaciones cumplidas o los lugares ocupados, sino, en especial, las relaciones con las personas que pasaron a nuestro lado.
Personas con las que uno comenzó a compartir ideas y proyectos que seducen, y que uno no puede dejar de mencionar porque siempre están presentes en la memoria de los afectos compartidos.
En esta Universidad, «templo del saber», me integré a una serie de actividades creando nuevas relaciones. Primero fui alumno de Abogacía. Luego, alumno de la Escuelita Provincial de Cine en el Teatro Rivera Indarte. Después, integrante del Cine Club 1918 de la FUC y operador ad honorem, junto a Pedro Berend, en proyecciones de películas en la Facultad de Arquitectura. En 1961, siendo alumno de una escuelita de cine en el cuarto piso del Rivera Indarte, por el cambio de gobierno nos quedamos sin escuela y comenzamos la aventura del Cine Club Sombras; luego de un premio del canadiense Norman McLaren por un film experimental, «Más de la mitad», nada menos que sobre el hambre, a fines de 1964 nos invitaron a la UNC para un proyecto medio alocado de un arquitecto transgresor, Raúl Bulgheroni, a quien se le ocurrió agregar a la Escuelita de Artes —solo de Plástica y Música— las disciplinas de Cine y Teatro.
Ingresé al presupuesto universitario en una suplencia del Despacho de Alumnos en 1964, en una Escuela dirigida por el arquitecto Bulgheroni, que la estaba transformando desde 1961. Para él todo era provisorio y prestado, y se había empeñado en convertirla en una realidad audaz y compleja.
Su secretaria, Alicia Martínez Gavier, era prestada por la Facultad de Odontología. Al poco andar, reclamada por su Facultad, debió volver, y pasé a ser secretario docente junto a una secretaria administrativa, Matilde Pesara, también prestada por la Dirección General de Administración.
Fui así secretario de la Escuela de Artes y, más tarde, con los cambios de los golpes civiles y militares, secretario fuera y dentro de la Facultad de Filosofía.
Paralelamente, en 1969, con Pepe Bellotti, Gonzalo Quinteros y María Elena Pipa, fui conductor de programas en Canal 10, con «Fabulario» y «Teorema», hasta que, en 1972, las amenazas de grupos intolerantes de la derecha nacional volvieron peligroso trabajar en un medio de comunicación.
Luego vinieron las purgas y, en 1976, la cesación forzada en la UNC de todos los comprometidos con el cambio, por ser «posibles perturbadores», al inicio de la dictadura de Videla.
De allí pasé a trabajar con la empresa Páez Bellotti López en cine documental y publicitario, y en 1977 don Aguirre, gerente de Dicor Canal 8, me permitió ser jefe de programación; y allí vivimos la guerra de Malvinas.
Luego llegó la democracia con Alfonsín y nuestro reintegro a la UNC; esta vez, por falta de cargos en Artes, pasé a la Facultad de Medicina, en el Hospital de Clínicas, en el área económica.
Ocho meses estuve en esa Facultad, donde me correspondió hacer la licitación para crear las mamparas del interior del hospital, y luego me reintegré a Artes.
Este reintegro me permitió concursar por un cargo de profesor titular de la materia Educación con Medios Audiovisuales, en la Escuela de Artes, que todavía era dependiente de Filosofía.
Paralelamente, por concurso, fui encargado del Departamento de Medios Audiovisuales en el Colegio Manuel Belgrano, bajo la dirección de Liliana Zapiola.
Cargo que debí dejar para incorporarme, por propuesta de asambleas, entre 1996 y 1997, como secretario de Coordinación en la normalización de Filosofía, a cargo de Ángel Manzur, en la Facultad de Filosofía.
Finalmente, con María Burnichón como decana, regresé a Artes como secretario y como docente, por concurso, de «Educación con Medios Audiovisuales» en Cine, y participé, junto a Gabriel Gutnisky, director, y un hermoso grupo interdepartamental, en las gestiones previas para convertir la Escuela en Facultad, hasta mi jubilación en 2010.
Curiosidades
En esta enorme institución que es la UNC viví curiosidades. Por ejemplo: en Abogacía, en 1960, fui alumno del doctor Ernesto Gavier en Derecho Penal I; pero luego, en 1975/76, me tocó estar bajo su órbita por ser rector interventor de la UNC. Ahí debimos someternos a sus exigencias, con permanentes informes de nuestras actividades, para sobrevivir.
Otra curiosidad similar, pero al revés: en Abogacía, siendo alumno en 1962 de Derecho Civil III (Contratos) con el doctor Piantoni, casi veinte años después, ya en democracia, en 1983, debimos estar bajo su órbita al ser rector normalizador de la UNC, para ser reintegrados a la Universidad.
Durante todos esos años —desde 1986, con el normalizador de Filosofía Rubén Manzur; luego los decanatos de María Burnichón en 1988, Héctor Rubio en 1990, Horacio Faas en 1992, Ana Alderete en 1996, Carolina Scotto en 1999, Liliana Aguiar en 2005 y Gloria Edelstein en 2008— trabajando en la Escuela, con una historia densa, soñé con la idea de escribir unas memorias que me recordaran todo esto. Esa oportunidad se me ofreció el día de mi jubilación. La idea era que no solo debía contar todas mis aventuras, sino, en especial, recordar a todos a quienes acompañé y me acompañaron. Y estas fueron mis palabras el día de mi jubilación:
Libros que acompañan esta historia
Debo además recordar otras obras inspiradas, como esta, en la vida universitaria, y que de alguna manera aportan al conocimiento del desarrollo de esta Escuela-Facultad:
- Facultades de la UNC de 1854 a 2011, de Carolina Scotto, junto con Saberes, procesos políticos e institucionales de 1854-2011, de autores varios (2011)
- Arte, modernización y guerra fría (2009), de María Cristina Roca, dedicado a las Bienales de Arte de los años 60
- Procesos curriculares en la UNC: el caso de la Escuela de Artes (2011), de Celia Salit
- Estratos del tiempo, 1909-1989, sobre la construcción de la Ciudad Universitaria, de Juan Sebastián Malecki
- Política, Universidad y medios (2002), sobre Radio Universidad y Canal 10, de Silvia Romano, Gabriela Olivera, María Cristina Boixadós y Sonia Banegas
- Libre Teatro Libre, 1969-1975 (2015), de Silvia Villegas
- Teatro, política y Universidad y El nuevo teatro cordobés: TEUC, La Chispa, LTL, 1969-1976, de Adriana Musitano y Nora Zaga
- Teatro. El placer de la creatividad (2022), de Myrna Brandán
- Una vida en el arte (2023), de Silvia Germán
- Los varios libros de dramas y aventuras de Roberto Videla
Acto para jubilados de la Facultad de Filosofía y Humanidades · 14 de diciembre de 2010
Mis palabras de despedida de la Escuela de Artes
El 14 de diciembre de 2010 la Facultad de Filosofía y Humanidades realizó el acto de lectura, por la decana Gloria Edelstein, de la Memoria Anual y de despedida de los jubilados. Ese día me jubilaba, recibía una medalla en una ceremonia, y a partir de allí ya no me hacía falta seguir levantándome temprano.
Tomé el micrófono, aún conectado, y alcancé a decir, levantando la voz: «Por favor, atiéndanme un minuto, soy Oscar Moreschi, secretario de la Escuela de Artes que, luego de 44 años, hoy se jubila, y desea despedirse de todos ustedes en este acto».
Pude ver que varias personas me reconocían, se detenían y me miraban con cierta sorpresa, y allí comencé a hablar, temiendo que no se detuvieran en su huida hacia las mesas, y dije más o menos lo siguiente:
«En primer lugar deseo agradecer la medalla que me acaban de dar por tantos años dedicados a la Escuela de Artes; pero yo quería expresar mi despedida con estas palabras.
Como he dicho en otras oportunidades, la Escuela nació en 1948, y yo la conocí en 1964, cuando ella apenas tenía 16 años y yo 22.
Como todos saben, uno advierte una parte de la institución en la que está, y luego debe aceptar todo lo demás. Hay una figura de la retórica que se llama «sinécdoque», que explica todo: nos seduce una parte, un edificio, un bosque circundante, los acordes de un instrumento musical, el color de la madera de sus puertas, y luego… debemos acostumbrarnos a comprender, integrar y vivir con todo lo demás.
Comencé como auxiliar del Despacho de Alumnos, tomando afecto a las fichas individuales de los alumnos, cartulinas que eran personas, en las que debía cargar manualmente notas de exámenes y promoción, para mantenerlos vivos y actualizados.
Luego, ya en funciones como secretario, también me sedujeron los repetidos sonidos desafinados de los violines de los niños alumnos del método Suzuki, que ensayaban al lado de mi despacho. Al rato veía pasar a los mininos de tres a cinco años, en fila detrás de la profesora que había introducido el método en la Argentina, doña Dolores Oliva de Bergman. Ella misma los llevaba hacia la cantina de doña Cata, esposa del mayordomo don Córdoba, a tomar la leche, como ella mandaba.
Luego me encariñé también con la necesidad permanente de actualizar los tableros de todas las llaves de la casa. Comencé a cumplir esa actividad por los requerimientos y pedidos de ayuda de su encargado, Emilio Albornoz, porque siempre aparecían problemas con cerraduras nuevas y llaves extraviadas.
También me enamoraron otras cosas más etéreas, que venían de mi mirada sobre los personajes que poblaban aquellos espacios. Y eso, creo, eran mis proyecciones, los deseos míos nunca satisfechos. Me cautivaban las cosas que todos los días iba conociendo, aquellas versiones sobre actividades que se cumplían en las aulas y en los talleres y que yo, por mi encierro en el despacho de secretario, no podía presenciar.
Allí surgían mis deseos y reclamos imaginarios de participar directamente, puesto que había sucesos y actividades de los que yo participaba solo a través de los papeles de oficina, o de los que me enteraba por trámites escritos, pero no podía vivirlos como los vivían sus protagonistas.
Y entonces pensaba… en cómo me hubiera gustado estar, y ser presencia activa, para escuchar las historias de terror y de aparecidos que contaba el profesor de Pintura Pedro Pont Vergés en sus clases, en uno de los talleres del tenebroso Pabellón Las Brujas.
Cómo me hubiera gustado estar sentado al lado del piano Steinway con el que el profesor Dante Medina interpretaba jazz de Nueva Orleans, en algún descanso de sus clases en la Sala de Actos.
Estar en la butaca de al lado del piano de la jefa del Departamento de Música, Ornella Balestreri de Devoto, cuando en los actos escolares interpretaba a Debussy.
Tener la memoria del mayordomo don Agapito Raúl Córdoba, para diferenciar las llaves de los grandes manojos que, con solo tocarlas, podía distinguir entre los llaveros de las dos escuelas, ya que era mayordomo con cargos en la escuela universitaria y en la provincial.
Tener la habilidad de Manuel Pesara, del Despacho de Alumnos, para identificar, con hábiles deducciones, los domicilios de los alumnos que habían extraviado sus documentos en funciones del Cine Club Universitario, cuando tratábamos de devolverlos.
Cómo me hubiera gustado dirigir el Coro Universitario como César Ferreyra, que presentaba cada canción hablando campechanamente, con las manos en los bolsillos y moviéndose como un poseído.
Acompañar a la otra directora del Coro Universitario, Norma Basso, que con su figura seductora salía de un acto protocolar —como una colación de grados— y se iba a cantar a los barrios con las agrupaciones del canto popular.
Haber estado presente, espiando en el Rectorado, cuando, después del golpe del 55, el profesor Mario Perini fue injustamente cesanteado por haber compuesto una cantata a Evita.
Cómo me hubiera gustado sacudirme y tararear, con gritos de entusiasmo en los ensayos, junto a las interpretaciones de los músicos de la Orquesta de Cámara de la Escuela, tal como hacía su director alemán, don Sigfrido Prager, para darles entusiasmo.
Volver a vivir las reuniones en Dirección, donde María Escudero arrebataba el teléfono que estaba sonando y, para no interrumpir las discusiones, atendía diciendo: «Buenos días, Zoológico Córdoba, ¿qué desea? Disculpe, equivocado», ante la sorpresa de los presentes.
Escribir a máquina en la Olivetti con la velocidad con que lo hacía el profesor de Música y luego jefe de Departamento, Arnaldo Ghione, pasando una mano sobre la otra, oprimiendo teclas como los eximios pianistas, y levantando delicadamente la mano derecha al marcar un punto y aparte.
Jugar con pelotitas de ping-pong en los encordados de los pianos de cola de la Sala de Actos, como lo hacían Virgilio Tosco, Pedro Echarte, Oscar Bazán, Horacio Vaggione y César Franchisena, en sus inspiradas obras de música experimental.
Pintar como el «Tutuca» Monteiro o Azucena Guardia, o dibujar como Raúl Pecker, construir grabados como César Miranda, o tejer artesanías como Diana Triay.
Compartir las tortas dulces con las que siempre llegaba la jefa de Música, Carmen Aguilar, para celebrar en la Dirección algún cumpleaños que solo ella recordaba.
Observar y reconocer rápidamente el impulso inmediato de la secretaria Silvia Scarafía, que, luego de leer un expediente, podía asumir y proponer superar trámites complejos con una sonrisa propia, sobradora.
Llevarme a Francia una semillita del ombú de Ciencias Económicas, como hizo Jean Vilar cuando vino, como presidente, a nuestro Primer Festival de Teatro, en el 69.
Revivir las apasionantes jornadas de evaluaciones colectivas de profesores y alumnos juntos, en el Taller Total de Cine, con Pierre Vigier, Gerard Guillemot, Rudy Wratny, Juan Oliva en el Aula 6, y con el Negro Godoy, Luis Leiva, Eddie MacLean y otros compañeros desaparecidos que hoy casi tendrían mi edad.
Hacer fotografía de cine como el profesor santafesino Pucho Courtalón, desglosar una producción como Patricio Coll, o fumar y admirar los sutiles encantos de las profesoras en verano, como el viejo Juan Oliva.
Hablar con la seguridad y la seducción más apasionante, como hizo el actor chileno-argentino Lautaro Murúa cuando inauguró nuestro Cine Club Universitario en el 65.
Revivir las exclamaciones de entusiasmo de nuestro Grupo Piloto de Cine cuando Simón Bahnos conseguía un estreno para el Cine Club, o el grado de sorpresa cuando Eduardo Bocio le explicaba al director del coro, don César Ferreyra, de qué manera íbamos a necesitar que se formara el coro para hacer una panorámica circular en nuestra película «El hacer de la Escuela de Artes de la UNC», de Artes B.
Mantener la serenidad, en la Dirección de la Escuela, en las disputas más odiosas de profesores, alumnos o miembros del consejo, como lo hacía Nora Zaga.
La minuciosa descripción que la decana Liliana Aguiar hacía de los problemas administrativos de la Facultad por solucionar, y que exponía puntillosamente en las reuniones, ante los expectantes jefes de despacho que anhelaban saber si podían ser elogiados o criticados.
El fervor y la calidez que puso Ana Mohaded cuando comenzamos a indagar, en el fichero de alumnos, quiénes debían considerarse desaparecidos.
La paciencia y el fervor por enhebrar en las notas las estadísticas más complejas, pedidas por otro director, el arquitecto Gabriel Gutnisky, para redactar el proyecto de Facultad; o la sangre fría de Ana Yukelson para pasar de directora de Escuela a decana de Facultad, con todo el desafío que eso implicaba.
Pero, contando con esas sensibles relaciones humanas de trabajo y afectos, debimos atravesar una historia. La historia que, paralelamente, se desarrolló en el país y que afectó al «templo del saber»: una historia que nos envolvió en sucesos que nos conmovieron.
Eso es lo que traté de desarrollar en el libro.
Como ven, he pasado todo este tiempo, 44 años, y pueden preguntarse cómo he vivido todas esas aventuras, con tantos hallazgos e insatisfacciones, pecando de envidia, mirando las virtudes creativas de los demás… pero ¡cómo volvería a repetirlos, corrigiendo solo poquitas cosas!
Esta fue mi Escuela, y este fui yo. La Facultad es otra cosa: allá ella».
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Podés ver los detalles del evento en la página de la actividad.

