Oscar compartió este video durante la presentación del libro.
El 14 de diciembre de 2010 la Facultad de Filosofía y Humanidades realizó el acto de lectura, por la decana Gloria Edelstein, de la Memoria Anual y de despedida de los jubilados. Ese día me jubilaba, recibía una medalla en una ceremonia, y a partir de allí ya no me hacía falta seguir levantándome temprano.
Tomé el micrófono, aún conectado, y alcancé a decir, levantando la voz: «Por favor, atiéndanme un minuto, soy Oscar Moreschi, secretario de la Escuela de Artes que, luego de 44 años, hoy se jubila, y desea despedirse de todos ustedes en este acto».
Pude ver que varias personas me reconocían, se detenían y me miraban con cierta sorpresa, y allí comencé a hablar, temiendo que no se detuvieran en su huida hacia las mesas, y dije más o menos lo siguiente:
«En primer lugar deseo agradecer la medalla que me acaban de dar por tantos años dedicados a la Escuela de Artes; pero yo quería expresar mi despedida con estas palabras.
Como he dicho en otras oportunidades, la Escuela nació en 1948, y yo la conocí en 1964, cuando ella apenas tenía 16 años y yo 22.
Como todos saben, uno advierte una parte de la institución en la que está, y luego debe aceptar todo lo demás. Hay una figura de la retórica que se llama «sinécdoque», que explica todo: nos seduce una parte, un edificio, un bosque circundante, los acordes de un instrumento musical, el color de la madera de sus puertas, y luego… debemos acostumbrarnos a comprender, integrar y vivir con todo lo demás.
Comencé como auxiliar del Despacho de Alumnos, tomando afecto a las fichas individuales de los alumnos, cartulinas que eran personas, en las que debía cargar manualmente notas de exámenes y promoción, para mantenerlos vivos y actualizados.
Luego, ya en funciones como secretario, también me sedujeron los repetidos sonidos desafinados de los violines de los niños alumnos del método Suzuki, que ensayaban al lado de mi despacho. Al rato veía pasar a los mininos de tres a cinco años, en fila detrás de la profesora que había introducido el método en la Argentina, doña Dolores Oliva de Bergman. Ella misma los llevaba hacia la cantina de doña Cata, esposa del mayordomo don Córdoba, a tomar la leche, como ella mandaba.
Luego me encariñé también con la necesidad permanente de actualizar los tableros de todas las llaves de la casa. Comencé a cumplir esa actividad por los requerimientos y pedidos de ayuda de su encargado, Emilio Albornoz, porque siempre aparecían problemas con cerraduras nuevas y llaves extraviadas.
También me enamoraron otras cosas más etéreas, que venían de mi mirada sobre los personajes que poblaban aquellos espacios. Y eso, creo, eran mis proyecciones, los deseos míos nunca satisfechos. Me cautivaban las cosas que todos los días iba conociendo, aquellas versiones sobre actividades que se cumplían en las aulas y en los talleres y que yo, por mi encierro en el despacho de secretario, no podía presenciar.
Allí surgían mis deseos y reclamos imaginarios de participar directamente, puesto que había sucesos y actividades de los que yo participaba solo a través de los papeles de oficina, o de los que me enteraba por trámites escritos, pero no podía vivirlos como los vivían sus protagonistas.
Y entonces pensaba… en cómo me hubiera gustado estar, y ser presencia activa, para escuchar las historias de terror y de aparecidos que contaba el profesor de Pintura Pedro Pont Vergés en sus clases, en uno de los talleres del tenebroso Pabellón Las Brujas.
Cómo me hubiera gustado estar sentado al lado del piano Steinway con el que el profesor Dante Medina interpretaba jazz de Nueva Orleans, en algún descanso de sus clases en la Sala de Actos.
Estar en la butaca de al lado del piano de la jefa del Departamento de Música, Ornella Balestreri de Devoto, cuando en los actos escolares interpretaba a Debussy.
Tener la memoria del mayordomo don Agapito Raúl Córdoba, para diferenciar las llaves de los grandes manojos que, con solo tocarlas, podía distinguir entre los llaveros de las dos escuelas, ya que era mayordomo con cargos en la escuela universitaria y en la provincial.
Tener la habilidad de Manuel Pesara, del Despacho de Alumnos, para identificar, con hábiles deducciones, los domicilios de los alumnos que habían extraviado sus documentos en funciones del Cine Club Universitario, cuando tratábamos de devolverlos.
Cómo me hubiera gustado dirigir el Coro Universitario como César Ferreyra, que presentaba cada canción hablando campechanamente, con las manos en los bolsillos y moviéndose como un poseído.
Acompañar a la otra directora del Coro Universitario, Norma Basso, que con su figura seductora salía de un acto protocolar —como una colación de grados— y se iba a cantar a los barrios con las agrupaciones del canto popular.
Haber estado presente, espiando en el Rectorado, cuando, después del golpe del 55, el profesor Mario Perini fue injustamente cesanteado por haber compuesto una cantata a Evita.
Cómo me hubiera gustado sacudirme y tararear, con gritos de entusiasmo en los ensayos, junto a las interpretaciones de los músicos de la Orquesta de Cámara de la Escuela, tal como hacía su director alemán, don Sigfrido Prager, para darles entusiasmo.
Volver a vivir las reuniones en Dirección, donde María Escudero arrebataba el teléfono que estaba sonando y, para no interrumpir las discusiones, atendía diciendo: «Buenos días, Zoológico Córdoba, ¿qué desea? Disculpe, equivocado», ante la sorpresa de los presentes.
Escribir a máquina en la Olivetti con la velocidad con que lo hacía el profesor de Música y luego jefe de Departamento, Arnaldo Ghione, pasando una mano sobre la otra, oprimiendo teclas como los eximios pianistas, y levantando delicadamente la mano derecha al marcar un punto y aparte.
Jugar con pelotitas de ping-pong en los encordados de los pianos de cola de la Sala de Actos, como lo hacían Virgilio Tosco, Pedro Echarte, Oscar Bazán, Horacio Vaggione y César Franchisena, en sus inspiradas obras de música experimental.
Pintar como el «Tutuca» Monteiro o Azucena Guardia, o dibujar como Raúl Pecker, construir grabados como César Miranda, o tejer artesanías como Diana Triay.
Compartir las tortas dulces con las que siempre llegaba la jefa de Música, Carmen Aguilar, para celebrar en la Dirección algún cumpleaños que solo ella recordaba.
Observar y reconocer rápidamente el impulso inmediato de la secretaria Silvia Scarafía, que, luego de leer un expediente, podía asumir y proponer superar trámites complejos con una sonrisa propia, sobradora.
Llevarme a Francia una semillita del ombú de Ciencias Económicas, como hizo Jean Vilar cuando vino, como presidente, a nuestro Primer Festival de Teatro, en el 69.
Revivir las apasionantes jornadas de evaluaciones colectivas de profesores y alumnos juntos, en el Taller Total de Cine, con Pierre Vigier, Gerard Guillemot, Rudy Wratny, Juan Oliva en el Aula 6, y con el Negro Godoy, Luis Leiva, Eddie MacLean y otros compañeros desaparecidos que hoy casi tendrían mi edad.
Hacer fotografía de cine como el profesor santafesino Pucho Courtalón, desglosar una producción como Patricio Coll, o fumar y admirar los sutiles encantos de las profesoras en verano, como el viejo Juan Oliva.
Hablar con la seguridad y la seducción más apasionante, como hizo el actor chileno-argentino Lautaro Murúa cuando inauguró nuestro Cine Club Universitario en el 65.
Revivir las exclamaciones de entusiasmo de nuestro Grupo Piloto de Cine cuando Simón Bahnos conseguía un estreno para el Cine Club, o el grado de sorpresa cuando Eduardo Bocio le explicaba al director del coro, don César Ferreyra, de qué manera íbamos a necesitar que se formara el coro para hacer una panorámica circular en nuestra película «El hacer de la Escuela de Artes de la UNC», de Artes B.
Mantener la serenidad, en la Dirección de la Escuela, en las disputas más odiosas de profesores, alumnos o miembros del consejo, como lo hacía Nora Zaga.
La minuciosa descripción que la decana Liliana Aguiar hacía de los problemas administrativos de la Facultad por solucionar, y que exponía puntillosamente en las reuniones, ante los expectantes jefes de despacho que anhelaban saber si podían ser elogiados o criticados.
El fervor y la calidez que puso Ana Mohaded cuando comenzamos a indagar, en el fichero de alumnos, quiénes debían considerarse desaparecidos.
La paciencia y el fervor por enhebrar en las notas las estadísticas más complejas, pedidas por otro director, el arquitecto Gabriel Gutnisky, para redactar el proyecto de Facultad; o la sangre fría de Ana Yukelson para pasar de directora de Escuela a decana de Facultad, con todo el desafío que eso implicaba.
Pero, contando con esas sensibles relaciones humanas de trabajo y afectos, debimos atravesar una historia. La historia que, paralelamente, se desarrolló en el país y que afectó al «templo del saber»: una historia que nos envolvió en sucesos que nos conmovieron.
Eso es lo que traté de desarrollar en el libro.
Como ven, he pasado todo este tiempo, 44 años, y pueden preguntarse cómo he vivido todas esas aventuras, con tantos hallazgos e insatisfacciones, pecando de envidia, mirando las virtudes creativas de los demás… pero ¡cómo volvería a repetirlos, corrigiendo solo poquitas cosas!
Esta fue mi Escuela, y este fui yo. La Facultad es otra cosa: allá ella».
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Podés ver los detalles del evento en la página de la actividad.