Crónicas extensionistas | Entre el 6 y el 10 de mayo, una estudiante de la Escuela de Bibliotecología y otra del Departamento de Geografía de la FFyH llevaron adelante una actividad extensionista en la Escuela Rural Florentino Ameghino, ubicada en Cerro Champaquí. A través de talleres de conservación, escritura y producción editorial artesanal, transformaron libros destinados al descarte en nuevas historias creadas por lxs estudiantes de la escuela. En esta crónica te contamos cómo fue ese recorrido.
A las ocho y media de la mañana, una camioneta salió desde Yacanto rumbo a Tres Árboles, el último punto al que puede acceder un vehículo antes de que el camino desaparezca entre senderos de montañas, arroyos y ríos. Desde allí todavía faltaban cuatro horas y media de caminata hasta la escuela.

Gabriela Figueroa, una de las estudiantes, ya conocía el camino. Había visitado la escuela en otra oportunidad como fiscal electoral. Pero esta vez era distinto: iban junto a Janet Juri, estudiante de la Facultad y compañera del colectivo feminista de Almafuerte, para desarrollar una actividad de extensión universitaria vinculada con la biblioteca escolar.
La actividad se denominó “Del libro descartado al autor local: experiencia lúdica de producción editorial en escuela rural multigrado” y se llevó a cabo entre el 7 y el 9 de mayo en el marco de las actividades de extensión universitaria que la FFyH lleva adelante a través de su Secretaría de Extensión, con el objetivo de fortalecer el vínculo entre la universidad pública y las instituciones educativas del territorio.
La iniciativa surgió a partir del interés de Marcela por seguir fortaleciendo la biblioteca escolar y generar un espacio de intercambio con la Universidad. Entre las inquietudes compartidas aparecía la posibilidad de revisar algunos procesos vinculados con la organización de la colección y el tratamiento de las donaciones, poniendo en diálogo la experiencia cotidiana de la escuela con herramientas provenientes del campo de la bibliotecología.
Las numerosas donaciones que recibe la escuela abrían la posibilidad de intercambiar criterios para su organización y aprovechamiento. La propuesta se orientó así a fortalecer la biblioteca escolar desde una perspectiva colaborativa, promoviendo el diálogo entre los saberes construidos en la práctica cotidiana de la escuela y los aportes específicos de la bibliotecología.
La propuesta de extensión para llevar a cabo ese trabajo fue elaborada formalmente por Gabriela y Janet, estudiantes de Bibliotecología y Geografía respectivamente, con el acompañamiento constante de Marcela, directora y maestra de la escuela, y tuvo como responsable institucional a la bibliotecóloga Verónica Lencinas, actual directora de la Escuela de Bibliotecología de la FFyH.
La escuela Ameghino está ubicada en el Cerro Champaquí, dentro de la Reserva hídrica de Pampa de Achala. Gabriela y Janet salieron desde Almafuerte, la localidad donde viven. Desde allí tomaron un colectivo hasta Santa Rosa y luego otro hasta Yacanto, donde pasaron la noche. En Yacanto se encontraron con Marcela.
A la mañana siguiente, Nacha las esperaba en Tres Árboles -un punto de encuentro para vecinos de la comunidad champaquense y el turismo- con mates, pan y mermelada casera. Nacha vive allí y ya conoce, más o menos, los días y horarios en que la directora va hacia la escuela, y siempre tiene algo caliente para convidar.


Ese día soleado, las tres caminaron unos once kilómetros entre subidas y bajadas, por un sendero llamado “camino real o de mulas” que cruza varios arroyos y el Río Tabaquillo. Un recorrido de sierras que Marcela realiza frecuentemente para llegar a su trabajo.
La escuela Florentino Ameghino funciona bajo un régimen especial de verano: Marcela trabaja doce días continuos y descansa cinco, lxs alumnxs van diez días seguidos y descansan cinco. La matrícula de este año es de dos estudiantes. Pamela, de ocho años, es una de las estudiantes de este ciclo. Su abuela es cocinera en la escuela. Samuel, de salita de cinco, iba y venía cada día en moto junto a su papá.

Más allá del funcionamiento de la escuela y de la importancia que tiene para esxs niñxs, lo cierto es que esta institución ocupa un lugar muy importante en la vida comunitaria de la zona. “La escuela es el centro de la comunidad”, dice Gabriela. Y eso no es una metáfora. Allí llegan las vacunas, se hacen las reuniones comunitarias y se colabora en la organización de la fiesta patronal.
La llegada de las dos extensionistas generó interés entre quienes forman parte de la comunidad escolar. Algunas personas se acercaron a saludarlas y otras consultaron sobre las actividades que desarrollarían durante su estadía. Su presencia se enmarcaba en una experiencia de trabajo conjunto con la institución y de participación en la dinámica cotidiana de la escuela. Como ocurre en este tipo de iniciativas, fue necesario realizar previamente una serie de gestiones y autorizaciones específicas, que se tramitaron en articulación con la propia escuela por tratarse de una escuela albergue.

La primera noche sirvió para revisar la colección de la biblioteca y conversar sobre distintas estrategias para organizar los materiales y aprovechar las donaciones. Ese intercambio permitió compartir herramientas propias de la bibliotecología y, al mismo tiempo, reconocer las particularidades de una biblioteca escolar rural, donde las decisiones siempre están atravesadas por las necesidades concretas de la comunidad.
A partir de ese intercambio, los talleres fueron tomando forma y abrieron nuevas posibilidades para pensar el destino de algunos materiales y explorar formas creativas de reutilizarlos. ¿Qué sucede cuando quien accede a un libro lo atraviesa con su propia experiencia y convierte sus páginas en un territorio vivo?
Durante el primer taller, lxs estudiantes de la escuela trabajaron sobre conservación y cuidado de libros. Con guantes, barbijos y herramientas de restauración improvisaron un pequeño laboratorio. Hablaron de qué es una biblioteca y de qué hace una bibliotecaria. Les preguntaron a Pamela y Samuel si tenían biblioteca en sus casas.
—No —respondieron.
Pero sí tenían algunos libros guardados en cajones.
—Entonces sí tienen una biblioteca —enfatizó Gabriela.
La idea parecía nueva para ellxs: que una biblioteca pudiera ser también ese pequeño conjunto de libros propios. A partir de ahí, el primer taller estuvo dedicado a aprender cómo cuidar esos libros. Jugaron a convertirse en conservadores: revisaron páginas para detectar manchas, bichos o señales de humedad, aprendieron cómo limpiar las hojas, cómo mantener “sanos” sus libros en casa, cuál es el mejor lugar para guardarlos y cómo cuidarlos del sol y de la humedad.

El taller fue una forma de acercarse, desde el juego, al trabajo de conservación. Gabriela les explicó para qué servían los guantes, los barbijos y los anteojos protectores, y por qué esos cuidados ayudan a preservar los materiales. Al finalizar, dejaron esos elementos en la escuela para que lxs chicxs pudieran seguir jugando en sus casas a revisar y cuidar sus propios libros.
El segundo taller abrió otra puerta. Con libros destinados al descarte empezaron a recortar imágenes, palabras, mapas y definiciones para construir nuevas historias. Por la mañana comenzaron conversando sobre las partes del libro, la historia de la escritura y el modo en que ese objeto —el libro tal como hoy lo conocemos— fue tomando forma a lo largo del tiempo. Desarmaron ejemplares viejos para observar las costuras, los lomos y los distintos modos de encuadernación. Mientras abrían las tapas y separaban las hojas, aparecía también la posibilidad de imaginar nuevos libros.
Sobre las mesas se acumularon enciclopedias, diccionarios, mapas y revistas que formaban un pequeño banco de imágenes. Ya sabían que por la tarde construirían sus propios libros y que tendrían que llenarlos con historias propias. Así, cada recorte empezaba a responder a una idea: animales, flores serranas, caballos, ríos, caminos.

La historia de Samuel fue sobre la flora y la fauna de la zona: los animales y plantas con los que se cruza cotidianamente en la montaña. Pamela, quiso narrar su viaje a caballo hasta la escuela. Contó sobre los ríos y arroyos que atraviesa, el tiempo que demora en llegar y, sobre todo, su vínculo con “Muñeca”, la yegua que la acompaña en ese camino.
En su relato, Pamela fue describiendo paso a paso cada una de las partes de la montura y las distintas capas que se colocan antes de montar. Primero el pellón, después el bagual, luego la cincha… Eran tantas piezas y nombres específicos que las coordinadoras del taller descubrieron un universo desconocido para ellas: antes de llegar a la montura propiamente dicha había cerca de diez capas distintas.

Los nombres de los elementos que componen la montura fueron buscados en diccionarios para intentar encontrar sus definiciones. Algunas aparecieron; otras no. Incluso había términos cuya escritura no conocían con certeza, porque forman parte de una tradición transmitida principalmente de manera oral y porque, muchas veces, las instituciones no alcanzan a acompañar los ritmos del lenguaje, que está siempre vivo.

Frente a esas ausencias, el grupo decidió construir colectivamente las definiciones que no encontraban registradas. Pamela las escribió y terminó armando una “Guía práctica sobre cómo preparar un caballo antes de emprender el viaje”.
Mientras escuchaba y tomaba notas sobre las rocas, los animales y las plantas que aparecían en las conversaciones, Janet aprovechaba para conocer más sobre la Pampa de Achala —la cuenca hídrica más importante de la provincia— y la riqueza de su biodiversidad. Lo que más le impactó fue la relación profunda y cotidiana de las familias con la actividad rural: la presencia de prácticas campesinas y la diversidad de saberes y prácticas situadas.

Por la tarde comenzaron las encuadernaciones. Hicieron pequeños fanzines de hojas dobladas y también cuadernillos con tapas construidas a partir de cajas de cartón recicladas. Con el banco de imágenes y las palabras reunidas durante la mañana, cada estudiante fue armando su propio libro. En ese proceso también inventaron una editorial para publicar sus producciones y crearon un ISBN ficticio, apropiándose lúdicamente de todos los elementos que hacen a la construcción material de un libro.
El nombre de la editorial surgió de una “lluvia de ideas”. Sobre la mesa aparecieron palabras como “frío”, “nieve”, “cerro”, “caballo” y “Champaquí”. Entre todas ellas quedó “Cerro Champaquí Cooperativa”. La palabra “cooperativa” apareció casi de inmediato: la tenían incorporada y conocían perfectamente el sentido de crear y trabajar en conjunto. También apareció enseguida la palabra “frío”: en el Champaquí el frío es una presencia ineludible, una condición cotidiana que atraviesa la vida en la montaña, los trayectos hacia la escuela y las formas de habitar ese territorio, y que también marcó la experiencia de las extensionistas.

Los talleres se organizaron en dos momentos, siguiendo el ritmo cotidiano de la escuela. Las actividades comenzaban a las nueve de la mañana y se extendían hasta la una, cuando toda la comunidad hacía una pausa para almorzar. A las dos de la tarde retomaban las clases hasta las cinco.
Al terminar la jornada, Gabriela y Janet aprovechaban para recorrer los alrededores. Caminaron hasta unos morteros indígenas cercanos a la escuela, fueron al río —que está a apenas unos metros— y conocieron los puestos de la zona, para los que hay que volver a cruzar el agua. Las noches fueron muy frías. El viento superó los cien kilómetros por hora y cayó nieve.

Pero Gabriela, a pesar del frío y del esfuerzo que implica esa geografía, insiste con algo: “Hay que salir del aula”. Porque las bibliotecas reales —como las comunidades— nunca son exactamente iguales a las que están en los manuales de estudio.
Porque la extensión universitaria, más que llevar respuestas, obliga a reformular preguntas.
Ese sábado, la nieve, el hielo y las bajas temperaturas hacían incierto el regreso de Gabriela y Janet. Finalmente, el domingo el clima dio una tregua y pudieron emprender su regreso. El papá de Samuel las acompañó, después de llevarlo temprano a la escuela para aprovechar la mejora del tiempo. Salieron alrededor de las ocho de la mañana y, tras varias horas de caminata por los senderos de montaña, llegaron cerca de la una de la tarde al puesto Tres Árboles, donde una camioneta —coordinada previamente por la directora— las esperaba para continuar el viaje.
La escena condensaba algo de toda la experiencia vivida esos días: la hospitalidad, el cuidado mutuo y las formas comunitarias de sostener la vida en la montaña.
Texto: Área de Comunicación – Secretaría de Extensión, FFyH-UNC
Esta crónica nace de una entrevista en profundidad con Gabriela, quien compartió generosamente la experiencia vivida en la escuela. Se fue tejiendo también con los aportes de Janet en distintas conversaciones telefónicas, con la lectura cuidadosa y las observaciones de Marcela —fundamentales para la construcción final del texto— y con los intercambios colectivos sostenidos entre quienes trabajamos en la Secretaría de Extensión.
Las imágenes son gentileza de Gabriela y Janet.