“Historias de Mamás Luchonas, Maternidades juveniles, entre el mandato y el deseo”, es el título del libro que Malvina Silba presentará el 24 de septiembre en una actividad organizada por el CIFFyH. A través de cuatro biografías de su familia, esta investigadora del Conicet y docente en la UNSAM y la UBA busca comprender por qué muchas jóvenes y adolescentes pobres deciden ser madres o terminan siéndolo como un destino preestablecido culturalmente, y el desafío que implica conjugar la maternidad temprana con su derecho al goce y la autonomía individual.
“Este libro comenzó a escribirse en 1985, cuando yo tenía 7 años y mi hermana, de 12, me contó que estaba esperando un bebé. No entendí mucho qué representaba para nosotras lo que le (nos) iba a pasar, pero la vi contenta. Quizás por desconocimiento o porque estaba por hacer lo que la gran mayoría de las mujeres jóvenes de mi familia, incluida mi madre, habían hecho: tener hijas/os a edades tempranas. Desde aquel momento hasta hoy, y de diferentes maneras, la pregunta sobre por qué muchas mujeres adolescentes y jóvenes pobres son madres moldea mi mirada sobre la cuestión”, dice, a modo de presentación visceral, Malvina Silba, Licenciada en Sociología y Doctora en Ciencias Sociales, que en distintos proyectos radicados en la Universidad de San Martín y la Universidad de Buenos Aires, investiga desde hace más de veinte años sobre culturas populares, cultura de masas y su vínculo con las juventudes.
Participante de las Jornadas Interescuelas de Historia, Silba aprovechará su estadía en Córdoba y la FFyH para presentar su último libro “Historias de Mamás Luchonas, Maternidades juveniles, entre el mandato y el deseo”, el jueves 24 de septiembre a las 18 en la Sala A del Pabellón Residencial, con la participación de la autora, Gustavo Blázquez, Macarena Blázquez y la moderación de María Sol Bruno, actividad organizada por el Programa “Subjetividades y sujeciones contemporáneas” del Área de Ciencias Sociales del CIFFyH.

En el marco de su visita, Silba conversó con Alfilo sobre el contenido de un trabajo que la atraviesa de manera personal y profesional, que indaga y se pregunta sobre la maternidad en edades tempranas, el desafío de estas mujeres de criar en su gran mayoría solas o poco acompañadas por sus parejas o redes familiares en contexto de muchísima precariedad económica, y cómo ha sido el impacto de las políticas públicas que en los últimos 20 años apuntaron a promover la autonomía de las mujeres en las decisiones sobre su sexualidad, como la ley de Educación Sexual Integral (ESI), el Plan ENIA sobre embarazos no deseados en la adolescencia y la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). También, cómo se vincula este reciente trabajo con sus anteriores investigaciones y su propia historia familiar:
- ¿Qué significa ser madre en los sectores populares?
Malvina Silba: Primero, un gran esfuerzo, porque se cría y se materna en condiciones de mucha desigualdad. No solamente desigualdad de clase, por las carencias económicas, por los sostenes que no existen, sino por cuestiones de género. En general son muchas mujeres las que crían solas y criar sola significa a veces criar sin red, pero sobre todo significa criar sin el apoyo económico y afectivo de los padres de esxs hijxs. En las cuatro historias que yo presento en el libro aparece eso como una constante. Después, obviamente que las que logran construir comunidad, o insertarse en redes familiares o amicales más sostenidas, por ahí tienen una mejor experiencia, tienen un sostén distinto. Pero una de las cosas que apareció en la devolución que hizo una de mis sobrinas entrevistada en el libro fue “gracias por escucharnos, gracias por no juzgarnos”. O sea, como que a las redes populares y comunitarias a veces se las tiene un poco idealizadas desde la universidad ¿no? Y entiendo que las organizaciones que logran efectivamente un trabajo colectivo, tienen una experiencia de vida mucho más potente, con mucha más seguridad afectiva. Pero quienes no lo logran, porque se van de la escuela y no tienen trabajo, si no son relaciones barriales de pares que les quedaron de la secundaria o del mismo barrio, es muy difícil que puedan lograr esa vida comunitaria y ese ejercicio colectivo de estar al lado de los demás y no pensarse solas frente al mundo. Entonces, me parece que la maternidad en los sectores populares se caracteriza mucho también por la soledad, no solamente por tejer redes o por intentar hacerlo. Hay una mezcla entre las dos cosas, el libro se llama entre el mandato y el deseo, justamente por esto.

- Cuando decís que estas jóvenes crían solas, ¿Significa que no cuentan con los padres de sus hijxs ni para los cuidados ni como sostén económico, o que carecen de cualquier red familiar, vecinal y de políticas públicas que las acompañen?
MS: Cuando digo que crían solas, crían sin las dos cosas, sin los padres de los hijxs en muchos casos, por lo menos en los que yo analicé es así, y en la tradición de mi familia es bastante común que los padres desaparezcan. Hay otros que están presentes obviamente pero no son la mayoría. Y las jóvenes no cuentan con redes ni con políticas públicas, o sea, cuesta mucho, por lo menos en el partido de la provincia de Buenos Aires donde ellas viven, Esteban Echeverría, no hay jardines maternales desde salita de uno o desde bebés que sean públicos. Si los quieren mandar a un jardín desde que nacen para poder trabajar, tienen que pagar. Después, la red familiar o la red vecinal va y viene, es muy inestable. Por ejemplo, consiguen que su madre le cuide los chicos, pero para ir a hacer una changa un día o para ir a trabajar de mozas una noche, pero no es que la madre pueda hacerse cargo regularmente de cuidarle la criatura para que ellas puedan insertarse en un mercado laboral más formal o con una cantidad de horas determinadas y establecidas previamente. La alternativa es pensar un trabajo desde sus casas. Una de las entrevistadas, por ejemplo, hace sándwiches de milanesa para vender afuera y los distribuye cerca del barrio, lo que también es un esfuerzo. Y en relación con las políticas públicas, ni hablar, no hay. Jardines maternales con salita de tres recién a partir del año que viene va a ser obligatoria, creo que en el partido de Avellaneda, no estoy segura si en toda la provincia de Buenos Aires. Lo que está empezando a pasar es que en algunos municipios están poniendo la jornada completa, que es lo que necesitan las madres trabajadoras. O sea, que el pibe o piba entre a las 8 de la mañana a la escuela, para que las madres puedan estar 8:30 o 9 en su laburo y salga a las 4 de la tarde, y que eso les permita hacer una jornada de 6 horas al menos
- ¿Las jóvenes eligen ser madres o se vive como un destino incuestionable?
MS: Hay madres jóvenes, muy jóvenes, como yo cuento en el libro, que desde los 14 años, por ejemplo, empiezan a buscar a sus hijos porque están en pareja y porque ya vienen maternando y criando a sus propios hermanos desde que tienen 7 u 8 años. Entonces, a los 14 ya están cansadas de maternar hijos ajenos. Por más que sean sus hermanos, son hijos ajenos y buscan a través de la salida por el embarazo propio una autonomía que después no es tal, porque pasan de depender de sus madres o padres, a depender sus parejas, donde se establecen relaciones jerárquicas y eso es difícil de sostener. Después están las que sí efectivamente lo toman como si fuera un destino esperado de ellas, como que hay algo de la maternidad juvenil que se supone que va a pasar y ellas responden a ese mandato, a ese hecho de decir, “te realizas como mujer una vez que sos madre”.
- Las políticas públicas de los últimos 20 años que apuntaron a promover la autonomía de las mujeres en las decisiones sobre su sexualidad, sobre todo en adolescentes como la ESI, el plan ENIA y la IVE ¿Tuvieron impacto en las jóvenes de sectores populares?
-MS: Los trabajos sobre identidad que yo laburé mucho en mis estudios sobre cumbia -que tiene conexión con este último libro de maternidades jóvenes-, muestran la influencia que tiene lo que otrxs dicen sobre nosotrxs, sobre nuestra propia construcción subjetiva, la influencia que tiene el discurso o la mirada del otro u otra sobre lo que yo soy o sobre lo que percibo que soy. Entonces, si vos crías mujeres para que no sean mujeres autónomas, en términos de conseguirse un trabajo e irse a vivir sola, sino en términos de decir, “che, vos tenés que criar a los hijos porque yo tengo que salir a laburar, tenés que criar a tus hermanos porque yo tengo que salir a laburar”, después es difícil que esas mujeres rompan el mandato de la maternidad. También porque el horizonte de lo posible -y pregunto qué es, cuál es el horizonte de lo posible en las clases populares- es limitado cuando vos no salís de tu barrio, cuando tenés pocas amigas y te relacionas con el mundo exterior a partir de la familia de tu pareja solamente, porque ni siquiera te llevas bien con la propia. Entonces, todo eso coarta la posibilidad de la libertad.

Y en relación a la ESI, Plan ENIA e IVE, las tres cosas están tematizadas en el libro. En efecto, el Plan ENIA bajó al 50% los embarazos no deseados en adolescentes, también porque hubo una aplicación compulsiva de parches subdérmicos para anticonceptivos y eso hizo a su vez que las mujeres estuvieran seguras de que no iban a tener más hijos, pero no se cuidaron en las relaciones sexuales, con lo cual subieron las enfermedades de transmisión sexual. No por promiscuidad, sino porque se dejaron de tomar los recaudos necesarios para parejas inestables. O varones que tienen muchas parejas o mujeres que tienen muchas parejas y no se cuidan con preservativo al sentirse seguras que con el parche no van a quedar embarazadas, entonces no se cuidan.
Después, respecto de la ESI, hizo posible un montón de cosas, permitió que muchas adolescentes y muchas jóvenes accedieran a algún tipo de información, pero no fue suficiente. Y sobre la IVE, el aborto no es visto de buena manera por la mayoría de las sobrinas que entrevisté, de las cuatro entrevistadas tres están en contra y nunca pensaron en abortar sus embarazos porque fueron hijos deseados o buscados o, cuando no lo fueron, no pensaron en el aborto como opción. Incluso una de ellas llegó a recurrir a un médico para que interfiriera y convenciera a su hija de 15 años de que no abortara, que era lo que su hija quería. Entonces, la ley no hace la práctica. Lo que claramente falta, además de la educación sexual integral, es convivir, no digo contrarrestarlo, porque no sería justo ni ético, con las personas que están en contra del aborto, respetar las creencias, entender que en un país que tiene adscripciones católicas y evangélicas como la Argentina el aborto no es tan común, como tampoco creer que la ola verde haya llegado a todos los rincones y se pueda libremente decir, «Bueno, yo estoy a favor del aborto a partir de ahora porque es legal.» Me parece que ahí también hay una cosa más compleja. Sin embargo, lo bueno es que a partir de la ESI, de la ley de ligadura tubaria y vasectomía, lo que pasó es que las cuatro jóvenes entrevistadas para el libro tienen muchos menos hijos que su madre. La madre de ellas tuvo 12 hijos y sus hijas entre 3 y 5, lo que confirma que hubo una intervención desde la política pública que logró mejorar las estadísticas.
- ¿Por qué elegiste este tema para tu libro, cuando venías investigando cumbia y otras temáticas?
-MS: Mi primer libro fue derivado de la tesis de doctorado, en la que trabajé la metáfora de los “pibes chorros y las damas gratis”, que eran los dos nombres de las bandas de cumbia villera más emblemáticas. En la investigación posdoctoral de Conicet me dediqué a trabajar sobre los Pibes Chorros como banda, pero también como representación de los peligros que simbolizan los jóvenes para la sociedad, ¿no? ¿Cuál es el mayor miedo que se tiene sobre un joven? Que se transforme en un pibe chorro que ataca la propiedad privada, que se piensa con derecho a infringir la ley y que tiene un consumo abusivo de drogas. Que se cree que se come el mundo y por consiguiente tiene derecho a todo eso, y que además “zafa” de la ley si es menor de edad. Recordemos que aquel fue un proyecto de 2012, y “zafaba” de la prisión en cárceles porque tenía una ley que protegía a los menores con un régimen especial, cosa que ahora ya no pasa. ¿Y cuál era la contracara del estereotipo del pibe chorro? El estereotipo de la piba puta, de las “damas gratis”, que lo que hacían era tener sexo desenfrenadamente, que no se cuidaban y que, como consecuencia de eso, en muchos casos quedaban embarazadas, como pasó con las jóvenes con las que yo hice la etnografía en los bailes de cumbia. Entonces, lo que hice fue transformar el estereotipo de las damas gratis, de la piba puta o de la piba ligera, en la “mamá luchona”, porque esas chicas que no se cuidaban efectivamente terminaban embarazadas, de la misma forma que los pibes chorros podían terminar presos. Trabajé sobre el estereotipo de figuras relevantes de la cultura de masas como L-Gante y el racismo/clasismo de la sociedad argentina y también sobre César González, hice una reseña sobre su libro “El niño resentido”, donde él habla de su experiencia como pibe chorro. Y ahora cambié y trabajé sobre el estereotipo de la “piba puta” que se transforma en “mamá luchona”. Lo que tiene de continuidad un proyecto con el otro es el abordaje de las juventudes populares y los estereotipos negativos que la sociedad construye sobre ellas, como si fueran un espejo en el que la sociedad se mira y dice, «todo esto es lo que no queremos ser. A todo esto le tenemos miedo».

- ¿Cómo impactó tu trayectoria académica en tu vida familiar y en el libro, ya que tus sobrinas son parte del trabajo etnográfico en Mamás Luchonas?
-MS: Impactó un montón y de manera difícil. Yo era la única universitaria de la familia hasta hace dos años que una de mis sobrinas se recibió de Licenciada en Relaciones del Trabajo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, en el Conurbano Sur. Y eso siempre me distinguió de alguna manera, y lo que cuento en el libro es que mi mamá hizo un esfuerzo muy grande para que yo no quedara embarazada, como si quedó mi hermana a los 12 años. Cuando me hice señorita, lo primero que pensé es que podía quedar embarazada, entonces tenía miedo de dormir la siesta con mi abuelo, con el que yo me había criado, porque decía, «si duermo la siesta al lado de él, puedo quedar embarazada. Tenía ese miedo desde chica, desde los 11 años. Después, el libro impactó mucho en la relación con mis sobrinas, sobre todo. Una de ellas me agradeció, porque se sintió muy representada por todo lo que yo había dicho sobre ella, sintió que la había cuidado, que había respetado su punto de vista, que no la había juzgado. Pero otra me contó que se agarró mucho con su madre, que es mi hermana, que está muy enojada con el libro, porque dice que sus hijas son unas mentirosas y sus otros hijos, los de su actual pareja y con quienes las entrevistadas no tienen la mejor relación, se enojaron porque también sostienen que todo es mentira. Rescatan mi labor académica pero cuestionan la veracidad del libro, con el objetivo de desacreditar lo que sus hermanas dicen. Así que ahí estoy, pivoteando entre el afecto que les tengo a ellas y el cariño y el agradecimiento por haber abierto sus corazones para contarme sus historias, que en muchos momentos son dolorosas, difíciles de sobrellevar, porque pasaron por situaciones muy feas, de las que han tenido que reponerse; y el enojo de mi hermana, madre de las cuatro entrevistadas.
Para mí el embarazo de adolescentes tan jóvenes era un tema que me interesaba desde que soy chica. El libro dice eso, y escribirlo fue también una especie de redención de mi historia y de la historia de mis hermanas y mis sobrinas, por más que alguna de ellas se enoje. Pero era el costo que estaba dispuesta a pagar.
Por Camilo Ratti
Fotos: gentileza Malvina Silba
Quiénes son las “Mamás Luchonas”El término tiene su origen en México y se usaba para describir o identificar a las madres que criaban solas, que luchaban por criar en condiciones desfavorables, madres que daban la vida por sus hijos, abnegadas, trabajadoras, etc. Después ese apelativo cambió de sentido y las madres que eran abandonadas por sus parejas o tenían vínculos inestables con los padres, empezaron a hacer alarde de eso y eso molestó al discurso del sentido común hegemónico. Entonces, lo que era positivo, valorado por la sociedad, se transformó en negativo, pasando del emblema al estigma (lo inverso a lo que Reguillo Cruz llamaba “convertir al estigma en emblema”, por ejemplo, diciendo “Sí, soy negro y chorro ¿y qué?”). Cuando esas madres empezaron a ser más jóvenes, pobres y fueron racializadas, se las estigmatizó con ese apelativo y ese discurso se diseminó por la sociedad, que comenzó a nombrarlas de manera estereotipada por lo negativo, no porque crían solas y hacen alarde de eso, sino porque se preocupan por su apariencia estética, como pintarse las uñas de manera llamativa, perfilarse las cejas, hacerse las pestañas, plancharse y teñirse el pelo, y sobre todo porque dejan al cuidado de sus “bendiciones”, como llaman a su hijxs, a las abuelas o suegras, para tener una vida social activa, salir de noche. Las “mamás luchonas” que defienden su derecho al goce. En definitiva, lo que se les cobra a estas jóvenes es el derecho goce y la autonomía, que quieran ser autónomas teniendo hijos en lugar de ser las madres abnegadas de otras épocas. |