Abordar una discusión que se instaló fuertemente durante y después del último mundial de fútbol, fue el sentido del conversatorio realizado en el Museo de Antropología el 13 de agosto, que contó con la participación de referentes de organizaciones sociales, migrantes e investigadoras de la FFyH. Una invitación a incomodarnos y pensar estrategias para erradicar prácticas sociales muy arraigadas y estructurales.
“Las acusaciones internacionales de racismo hacia Argentina, surgidas durante el mundial, abrieron una conversación incómoda pero necesaria. Más allá del frenético intercambio en redes sociales, nos pareció que era un buen momento para pensar y generar un espacio de intercambio en espacio dedicado a dar cuenta de la diversidad humana”, señaló, a modo de disparador, Ludmila Da Silva Catela, antropóloga y actual directora del Programa de Derechos Humanos de la FFyH, luego de las palabras de bienvenida de Celina Hafford, directora del Museo de Antropología, y Andrés Izeta, director del Instituto de Humanidades de Córdoba (IDACOR).

“¿Cómo opera el racismo en argentina? Sin duda tienen muchas maneras de expresarse, manifestarse, ejecutarse. Desde las más sutiles -denominar negrito cariñosamente-, pasando por la violencia dulce en las enunciaciones del tipo: ‘soy negro, pero blanco de alma o al revés’, o en los rituales escolares al determinar quienes son damas antiguas o negritas candomberas. Llegando a las violentas: detenciones, agresiones físicas, asesinatos”, sostuvo Da Silva Catela, quien agregó: “El racismo argentino fue transformándose desde la constitución del Estado nación. Pasó de expresiones explícitas —como la idea de ‘un país sin indios y sin negros’— a formas más sutiles y menos evidentes: prácticas no verbales, miradas, silencios, invisibilizaciones y ejercicios de poder simbólico. Esta transformación lo volvió menos detectable y, por lo tanto, más difícil de combatir, al tiempo que permitió consolidar el mito de una sociedad que se percibe a sí misma como tolerante y abierta”.
En este sentido, la antropóloga señaló que “cada sociedad desarrolla formas de racismo que la caracterizan: en la Argentina este se manifiesta principalmente contra los pueblos indígenas y sus descendientes, pero también en la negación sistemática de la presencia y el aporte afrodescendiente”.

Con la intención de que la palabra circulara no solo para hablar de racismo, sino para pensar cómo combatirlo, Da Silva Catela fue presentando a lxs integrantes de una mesa representativa de “un problema histórico, estructural y profundamente arraigado en la construcción de nuestra identidad nacional”, con la idea de “pensar estrategias y producir nuevos sentidos”.
Fue Marcela Alarcón, de la Mesa Afro Córdoba, quien tomó la posta: “En Argentina estamos atrasados como 20 años, y yo sí creo que somos un país racista, desde que nos dicen que nuestras abuelas bajaron de los barcos se construyó una identidad que discrimina, que desconoce nuestra identidad. Lo que creo es que hoy se cayó esa careta”.
Para ella, “reconocer la propia identidad es lo más importante”, y afirmó que “no podemos seguir hablando de raza, no somos animales, hay que hablar de etnias diferentes”.

Sobre el tema racial profundizó Angelina García, del Laboratorio Interdisciplinar de Investigaciones sobre Ancestrías del IDACOR: “Por un lado, la genética contemporánea cuestiona la idea de razas biológicas, por otro, las tecnologías genéticas de ancestría suelen ser utilizadas para confirmar una pertenencia indígena o afrodescendiente, es decir, categorías que tienen una historia social y política muy concreta. La pregunta, entonces, no es solamente qué puede decir el ADN sobre nuestros antepasados, sino qué hacemos como investigadores cuando el ADN irrumpe en la vida social y dialoga con aquello que los participantes creen que el ADN puede decir sobre quiénes son. Por eso, el problema no es solamente si existen o no diferencias genéticas entre poblaciones, es qué ocurre cuando esas diferencias son utilizadas para dar una base biológica a categorías sociales que tienen una historia de racialización”.
García explicó que hoy “desapareció, en buena medida, el lenguaje explícito de la raza; no necesariamente las desigualdades, los estereotipos ni las formas de clasificación que ese lenguaje había producido. Por eso, algunos autores hablan de un racismo sin razas”. En este sentido, «la ideología del mestizaje puede funcionar como una especie de máscara: al celebrar la mezcla y la armonía racial como parte de la identidad nacional, se puede negar la existencia del racismo estructural”. Es lo que paso en la construcción y consolidación del estado argentino, donde “indígenas y afrodescendientes aparecen como ausentes, excepcionales o pertenecientes a un pasado ya desaparecido, procesos de invisibilización y negación que perduran hasta la actualidad”.

Por eso, para García, “el trabajo sobre ancestría puede abrir una posibilidad interesante: contribuir a hacer visible la heterogeneidad de los orígenes de la población argentina y, al mismo tiempo, poner en discusión la idea de una Argentina homogéneamente europea. Pero esa posibilidad tiene un riesgo: si el resultado de los análisis genéticos informa que alguien tiene linaje o ancestría indígena o afrodescendiente, podemos terminar reproduciendo justamente aquello que queríamos cuestionar: la idea de que una identidad social tiene una esencia biológica. Por eso, el resultado genético nunca puede ser el punto final de la identidad, sino un elemento más dentro de una historia mucho más compleja, que incluye memorias, genealogías, experiencias, cuerpos, identificaciones y relaciones sociales”.
En el marco de una actividad que buscaba pensar colectivamente, la investigadora remarcó que “nuestro trabajo es un ejercicio constante de reflexión sobre la intersección entre genética, identidad, memoria y pertenencia, y una de las tareas de la antropología es hacer visibles esos mecanismos, para poder preguntarnos qué historias estamos reproduciendo cuando intentamos explicar quiénes somos y de dónde venimos”.
Una cuestión de piel
Dina Barrionuevo, integrante de Casa Güemes, invitó a la reflexión a partir de la lectura de dos poesías, que proponen revisar muchas prácticas culturales discriminatorias:
Olvidar el arco iris
La piel es el órgano más grande, más extenso. La primera presentación ante el mundo. El cuerpo, quien lleva nuestra vida.
¿Qué pasa si tu piel, así, inmensa, cubriéndolo todo, es del color incorrecto?
¿Qué pasa si tu cara tiene ojos pequeños, achinados, de un negro muy antiguo? ¿O una boca enorme, carnosa, sobresaliente, morada?
¿Qué pasa si tu cuerpo tiene las huellas de tamaño, forma y color de lo indio o lo negro?
¿Que pasa si tu piel, tu pelo, tus ojos, tu boca, tu tamaño, tu forma, tu color, son motivo de desprecio?
¿Que pasa si acusan que portando esos colores y esas formas emanas olores asquerosos?
¿Qué pasa si el motivo por el que te desprecian está fuera de tu control?
Tal vez estirar el pelo, pintar los ojos, esconder la propia ropa y conseguir la de moda.
Quizá empequeñecerse tanto tanto tanto hasta ser imperceptible, invisible, quizá hundirse hasta desaparecer?
Quizá girar todos los espejos de la casa, impregnarse de perfume, estudiar mucho, trabajar excelente, olvidar tu ritmo, negar tu paisaje, no cocinar nunca más tus comidas.
Ocultar, borrar, prenderle fuego al barro de las antiguas casas, arrancar todos los árboles pinchudos, arrasar la selva, olvidar la serpiente, el arco iris?
¿Mutilar las partes que dicen que son feas, atrasadas, salvajes?…………………………
Todo lo malo, feo, sucio, roto, pobre, repugnante
SOY YO
Los dientes partidos de morder rabias
La garganta llena de agujas de tragar impotencia
Heredamos el terror de los castigos despiadados, la crueldad, los linchamientos…
Pero hoy siento crepitar fuegos del retorno amoroso. Brilla el filo de nuestros machetes, murmura el viento del cimarronaje, retumban tambores del fondo de la memoria, cada vez más fuerte…AQUÍ ESTAMOS

Pedido a mis amiguis progresistas
Lxs de piel clarita, que por eso mismo, seguramente, viven en un casa linda, en un barrio lindo y tienen buena ropa, buen calzado y buena comida.
Que también seguramente enseñan, investigan, hablan o escriben en los medios, litigan, legislan, curan, dan recetas, prescripciones, diseñan lo que otrxs harán, dan clases, dan dictámenes, discursos, donaciones.
Lxs que tienen esa certeza, esa seguridad social, de que pase lo que pase, hay espalda: profesionales, propiedades de la familia, gente influyente, «contactos».
Eu! Yo desde aquí, desde quienes tenemos hundida muy honda la marca de la vergüenza. Quienes tuvimos TANTA y TANTAS veces vergüenza, por el color de la piel, los rasgos, la ropa, la casa,el barrio, la comida, la música, el baile…(todo feo, poco, ordinario, según nos lo hacen saber), quienes nos achicamos tanto hasta desaparecer dentro de la enorme, descomunal vergüenza.
Aquí, nosotrxs, que coincidentemente con nuestro color, somos quienes escuchamos, aprendemos, limpiamos, hacemos fila, pedimos turno, esperamos, recibimos fallos, órdenes, recetas, ropa vieja, cosas rotas…Les pedimos:
que por un rato no nos apoyen, no nos compadezcan, no nos
«comprendan», no nos interpreten, no se preocupen por nuestras precariedades. No hablen por nosotrxs.
No escriban, no nos canten ni investiguen. No nos midan. No nos cuiden. No nos den una mano.
Quizá, tal vez, quien sabe…algo, algún susurro, una tímida voz, empiece a escucharse.

Conmovida por las sentidas palabras de Barrionuevo, Verónica Pérez, integrante de Conversa Negra, remarcó que “es importante leer y escuchar a los autores negros. Una de ellas, Ángela Davis, sostenía que ‘no hay que ser racista, porque con eso no alcanza, sino ser antirracista’”.
Reconociendo que “el racismo no es siempre igual, y por eso los análisis deben ser situados”, advirtió que “es un problema estructural, y eso es lo que hay que desarmar, porque en Argentina triunfó el proyecto de Sarmiento”. Serena pero firme, puso el dedo en la llaga sobre una de las frases más polémicas de nuestra historia nacional: “Es cierto que todos vinimos de los barcos, pero algunos en las bodegas y morimos en el camino”.
También abordó el tema de la “apropiación cultural”, porque además de vidas, con los negros se produjo lo que ella considera un “genocidio cultural”, que se enfrenta “construyendo herramientas antirracistas, como por ejemplo dejar de usar términos que tienen otros significados para los negros, como quilombo, denigrar y tantos otros términos y frases”.

Su alocución cerró con una invitación no solo a hablar de racismo, sino a “involucrarse, sobre todo a las personas blancas, para evitar también los nacionalismos que son otra forma de racismo”.
Fotos que duelen un poco
Mar Sánchez Rial, del Colectivo Manifiesto, una de las autoras de la muestra “Negro sobre blanco. 200 años de racismo”, que se exhibe desde hace diez años en el Museo, explicó que ese material surgió después de una “Marcha de la gorra”, la movilización que todos los años intenta poner en discusión la discriminación y sobre todo la persecución policial a los y las pibas de los sectores populares. “Nuestra idea era poder rescatar la historia de todas esas personas que sistemáticamente son víctima de la violencia institucional solo por su color de piel o su forma de vestirse. Y lo que más nos impactó fue que cuando publicamos las fotos en el Facebook del Colectivo, se desató una reacción racista tremenda contra nosotros por esa publicación. Fue una contradicción muy fuerte para el grupo, porque nuestra idea de querer reivindicar a estas personas que son víctimas del racismo, la publicación de sus imágenes las ponía en peligro. Y de ahí surgió la idea de otra muestra, “El miedo que te venden lo pagamos nosotros”, con el objetivo de desmontar esos prejuicios sociales”.

Henry Boisrolin, migrante haitiano y antropólogo, fue quien cerró las intervenciones del panel, para luego abrir el micrófono a un público que llenó el hall del Museo. “Lo que hay que deconstruir es el racismo en Abya Yala, que tiene que ver con el colonialismo, con el capitalismo y la esclavitud. Nuestra actitud debe ser decolonial y no reducir todo a negro/blanco, sino a quienes son los explotadores de la tierra”.
Para no quedarse solo en la crítica o la contestación, Boisrolin convocó a recuperar las luchas: “Yo soy orgulloso de la revolución haitiana, la única revolución antiesclavista y antirracista”. Y al igual que Pérez de Conversa Negra, advirtió sobre el racismo epistemológico: “Se habla de la revolución francesa y no de la haitiana, como tampoco sabemos muchos sobre que el 8 de noviembre es el día del Afroamericano Argentino y el 27 de abril l día del Afroamericano cordobés. Entonces, hablemos de nuestras luchas en un sentido positivo”.

Coincidiendo con quienes lo precedieron sobre que “la raza es una construcción social” , Boisrolin finalizó: «En Argentina hay racismo, pero no creo que seamos un país racista, y menos que quienes pretenden instalar eso sean países que sí lo son”. Para el antropólogo, la cuestión pasa no solo por “entender el mundo, sino transformarlo, como decía Marx, y luchar contra la explotación”.
Por Camilo Ratti
Fotos: Paloma Laguens (IDACOR).