“Las imágenes son un medio privilegiado para la demanda de justicia y las acciones de conmemoración”

Ayelén Koopmann defendió su tesis doctoral en Ciencias Antropológicas en la FFyH sobre el papel de las imágenes en las luchas por memoria y justicia impulsadas por familiares de víctimas de violencia institucional en Córdoba. A partir de un enfoque etnográfico, el trabajo analiza cómo fotografías, videos e intervenciones visuales se transforman en herramientas políticas para denunciar, reconstruir memorias y disputar las versiones oficiales sobre asesinatos y desapariciones en los casos de Facundo Rivera Alegre, Lautaro Torres y Emanuel “Keko” Balbo.

Ayelén Koopmann nació en Zapala, provincia de Neuquén, y en 2002 se mudó a Córdoba, donde estudió la carrera de Comunicación Social. Además, es fotógrafa, investigadora y docente en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes. Forma parte de En.Fo.Ca (colectivo de fotógrafos que trabajan por hacer de la herramienta fotográfica un instrumento de transformación) y Ai Dai for a Caus (colectivo de gestores que promueve el montaje de muestras de arte en espacios no convencionales). También exhibió su muestra “El bosque está adentro”  en el Paseo del Buen Pastor.

Desde 2013, Koopmann  investiga la construcción de la memoria en espacios públicos y privados en sectores populares de la ciudad de Córdoba y trabaja con familiares de víctimas de violencia institucional. En ese marco, integra el Núcleo de Antropología de la Violencia, Muerte y Política, coordinado por Natalia Bermúdez y María Elena Previtali, que se encuentra radicado en el IDACOR-CONICET, donde abordan diversas temáticas desde una mirada etnográfica y vinculada a la antropología audiovisual, que se refieren a formas de violencias, muertes producto de la violencia policial, linchamientos, políticas de seguridad, prácticas políticas, formas de resistencias en sectores populares, juventudes y cárceles.

Durante el mes de mayo de 2026, Ayelén defendió su tesis de Doctorado en Ciencias Antropológicas en la Facultad de Filosofía y Humanidades, titulado “Me dejaron sin nada, nada más fotos. Una etnografía sobre el uso de las imágenes en los procesos de memorias y demandas de justicia de víctimas contemporáneas”, dirigido y co-dirigido por Natalia Bermúdez y Agustina Triquell. El jurado estuvo integrado por Cora Gamarnik, Mariana Tello y Carlos Masotta.

La tesis doctoral analiza el papel que cumplen las imágenes fotográficas y audiovisuales en las luchas por memoria y justicia impulsadas por familiares de jóvenes muertos violentamente en sectores populares de Córdoba. A partir de un enfoque etnográfico, la investigación estudia cómo las fotografías, videos y producciones visuales se convierten en herramientas fundamentales para reconstruir memorias, denunciar violencias y disputar sentidos frente a las versiones oficiales.

El trabajo aborda especialmente los casos de Facundo Rivera Alegre, Lautaro Torres y Emanuel “Keko” Balbo, cuyas muertes y desapariciones generaron fuertes procesos de organización y activismo por parte de sus familias y allegados. La autora muestra cómo las imágenes no solo documentan hechos, sino que también funcionan como pruebas, testimonios y dispositivos políticos que legitiman las demandas de justicia y visibilizan las experiencias de las víctimas.

Además de familiares, amigxs y colegas de la doctoranda, durante la defensa del trabajo estuvieron presentes en la Sala D del Pabellón Residencial la madre de Facundo Rivera Alegre y la abuela de Lautaro Torres.

La investigación también identifica distintos usos sociales de las imágenes: algunas orientadas a la conmemoración y el recuerdo, otras destinadas a interpelar a los medios de comunicación, al Poder Judicial o al Estado, y otras vinculadas a la construcción pública de la figura de víctima. Koopmann sostiene que estas imágenes circulan en diferentes contextos y adquieren nuevos sentidos según quiénes las utilicen y los momentos en que son activadas dentro de las luchas colectivas.

De esta manera, la tesis se pregunta cómo las imágenes permiten disputar el olvido y producir formas de presencia de quienes fueron víctimas de desapariciones, asesinatos o violencias estatales y sociales.

  • ¿Qué papel cumplen las fotografías y los registros audiovisuales en los procesos de construcción de memoria de los familiares de las víctimas?

Justamente la tesis trabajó sobre esa pregunta de investigación. La visualidad tuvo un lugar central porque es una manera de reconocer a los jóvenes, nombrarlos, ponerles rostro, contraponiendo las versiones familiares a las «oficiales». Las imágenes con las que trabajé muchas veces permiten decir lo indecible: las fotografías sostienen vínculos entre los vivos y los ausentes, los inscriben en la vida cotidiana y al mismo tiempo los vuelven visibles en la arena pública, entre muchas otras.

Como señala Ludmila Da Silva Catela, las imágenes son territorios de inscripción donde la memoria se ancla en lo visible y, por tanto, en lo territorial. No pensé en la memoria como algo abstracto, sino que en cada una de las familias hay una genealogía visual que permite recuperar la biografía de ese joven, la trayectoria de su familia para pedir justicia y, a su vez, la producción de memorias hacia el presente y el futuro, transformando lo visual en un emblema público. Las familias con las que trabajé me mostraron cómo las experiencias visuales estructuran las memorias de múltiples maneras: en un memorial en la plaza, en un altar en el interior del hogar, en una gruta ubicada en el barrio, a través de grafitis, stenciles, videos, fanzines, etc.

Fotografía: Ayelén Koopmann
  • Trabajás con diferentes casos en la tesis, y en algunos no hay registros y en otros hay muchas fotos y videos. ¿Cómo esas imágenes se convierten en herramientas políticas para denunciar, reclamar justicia y disputar las versiones oficiales sobre los hechos?

Por eso trabajé con víctimas contemporáneas, donde la relevancia de las imágenes cobraba una fuerza singular tanto en la demanda de justicia como en los procesos de conmemoración más íntimos. Hablamos de fotografías producidas por las propias familias, muchas veces en colaboración con organizaciones sociales, agentes de la universidad pública o militantes sociales, que permiten contraponer otras versiones a las que circulan generalmente por los medios masivos de comunicación.

Eso quiere decir que las familias y las personas más cercanas a estos jóvenes asesinados y desaparecidos llevan adelante múltiples procesos, prácticas y acciones para contar quiénes eran sus seres queridos, para reponer algo de la trayectoria de vida y también para contar su propia versión de los hechos. Quizás por eso las imágenes son un medio privilegiado para la demanda de justicia y las acciones de conmemoración. Esto es algo que se viene estudiando hace muchísimo tiempo en la antropología, porque supone —como dice Rancière — una confianza en la capacidad política de las imágenes, en tanto configuran nuevas formas de lo visible, lo decible y lo pensable. Por eso para mí fue muy importante recuperar la muestra “Entre altares y pancartas” [1], porque es una forma muy concreta donde se muestra la politización de la visualidad. Es una muestra que acompaña y hace visible las demandas de las familias, irrumpiendo en determinados espacios que buscaban tener impacto o incidencia simbólica para visibilizar los casos, como la Legislatura, el Salón de los Pasos Perdidos en tribunales judiciales.

Fotografía: Ayelén Koopmann
  • ¿De qué manera las familias y colectivos utilizan las imágenes para reconstruir la humanidad y la identidad de las víctimas frente a discursos estigmatizantes? ¿Cómo intervienen esas imágenes en la conformación pública de la figura de «víctima» y en la legitimación social de las demandas de justicia?

Me parece importante destacar que el uso de las imágenes es performativo, es decir, que una misma imagen puede estar ubicada en el altar familiar en el hogar y luego puede materializarse en una remera que busca inscribirse en las marchas y en las demandas de justicia, también la podemos encontrar en pancartas, banderas, stenciles y tatuajes. Esto quiere decir que las familias a través de las imágenes buscan recuperar y contar quién era ese joven, mi trabajo buscó dar cuenta de esos diversos usos sociales de las imágenes.

Particularmente en el caso de Facundo Rivera Alegre, desaparecido en democracia el 19 de febrero de 2012, podemos entender cómo las más de 70 intervenciones —efímeras y permanentes— que se han llevado adelante con su imagen buscan justamente legitimar la demanda de justicia en relación a seguir preguntándonos dónde está Facundo y qué pasó con él, corriendo el foco policial/mediático que dice qué estaba haciendo la noche en que desapareció.

En el caso de Emanuel Balbo, el video realizado por la madre buscó poner en escena los hitos familiares a través de imágenes del álbum familiar; también se recuperó un video de él bailando, grabado con el celular de un amigo. Es decir, esa producción colectiva entre la familia, el Museo de Antropologías e investigadores buscaba, de una manera muy singular, construir una narración de su vida para interpelar a los jueces que estaban llevando adelante la instancia judicial por su asesinato.

  • ¿Qué tensiones existen entre las memorias construidas por familiares y las narrativas estatales, policiales o mediáticas?

Sin lugar a dudas, las narrativas estatales, policiales y de algunos medios de comunicación —particularmente los de tirada masiva— construyen versiones vinculadas a estas muertes desde un lugar estigmatizante, donde muchas veces lo que no pueden reconocer no es tanto qué se estaba haciendo o no en el momento de la muerte —que es una mirada vinculada a lo judicial o a lo policial—, sino justamente la importancia de esas vidas, el impacto de haber asesinado a un joven para la familia, los allegados, el barrio, la escuela y las redes vinculares de esa persona que fue cruelmente asesinada/desaparecida. Por eso la tensión existe fundamentalmente desde el lugar y las perspectivas desde las cuales se cuenta el asesinato, la desaparición o el linchamiento. En ese sentido, las familias realizan un enorme esfuerzo para poder dar cuenta de ello y volver condenables las muertes de sus hijos, nietos, sobrinos, hermanos.

Fotografía: Ayelén Koopmann
  • ¿Cómo puede trabajar la antropología y lxs antropólogxs de manera colaborativa con personas atravesadas por esas experiencias, y qué lugar ocupa el trabajo etnográfico en los procesos colectivos de memoria y reparación simbólica?

Me posicioné desde la antropología colaborativa por ser el enfoque preponderante con el que trabajamos en el Núcleo de Investigación sobre Violencia, Muerte y Política, que coordina la doctora Natalia Bermúdez. Esto implicó producir materiales diversos con las familias con las que trabajamos: documentales, películas, cortos, videos que pedían por la demanda de justicia, fanzines, fotografías, altares, etcétera. Creo que este punto es clave, ya que esa producción en colaboración está guiada por las personas con las que trabajamos: la antropología responde a las necesidades de ellas.

En ese sentido, el trabajo etnográfico ocupa un lugar central por ser un proceso de larga duración y porque colabora en producir y generar materiales para la construcción de esas memorias y de esos repertorios visuales que las familias necesitan. En este punto en particular, no sé si hablaría de reparación simbólica; no sé si la etnografía puede generar algún tipo de reparación. Lo que sí sé es que el trabajo de campo prolongado y el acompañamiento a esas familias generan vínculos profundos entre quienes acompañamos esas situaciones y ellos. Eso trasciende los alcances de la academia.

Fotografía: Ayelén Koopmann
Fotografía: Ayelén Koopmann
Fotografía: Ayelén Koopmann
Fotografía: Ayelén Koopmann
Fotografía: Ayelén Koopmann  

Texto y fotos: Pablo Giordana


[1] «Entre altares y pancartas. Imágenes, luchas y memorias de la violencia institucional en Córdoba» es una muestra itinerante que nuclea casos de violencia institucional de la provincia de Córdoba producidos desde el retorno a la democracia hasta el presente. Las instituciones que participan y hacen posible que la muestra se lleve adelante son ARGRA, la Mesa Provincial de Trabajo por los Derechos Humanos de Córdoba, H.I.J.O.S., el Archivo Provincial de la Memoria, el Museo de Antropologías (FFyH-UNC), el IDACOR (CONICET-UNC); así como también familiares, que pueden o no pertenecer a distintas organizaciones.