“El movimiento estudiantil fue clave en la renovación democrática de la Escuela de Historia”

Como parte del proyecto institucional “Memorias en Común” que articulan la Escuela de Historia y el Programa de Derechos Humanos de la FFyH, docentes, estudiantes y esgresadxs de diferentes años y períodos de tiempo reflexionaron sobre cómo fue el proceso de normalización una vez culminada la dictadura, en 1983, con dos grandes ejes que concentraron el debate y la experiencia de lxs participantes: la tardía reincorporación de lxs profesorxs cesanteados -y hasta perseguidos- por razones políticas previo al Golpe del 76 y el cambio del plan de estudios en 1986.

“Memorias en Común” es un proyecto institucional que surgió en 2020 con la idea de profundizar el conocimiento sobre la historia de la Escuela. Se lanzó y se sostuvo en articulación con el Programa de Derechos Humanos de la FFyH, a los fines de socializar los trabajos referidos a la historia reciente de Córdoba y sistematizar las experiencias que forman parte de las distintas memorias colectivas de esta comunidad. “Entre 2024 y 2025 abordamos recuerdos sobre la Escuela en la transición a la democracia durante la década de 1980, entrevistando a estudiantes y docentes que formaron parte de la institución en aquellos años”, cuenta la profesora Laura Ortiz, integrante del equipo que coordinó el proyecto junto a las egresadas Fabiana Navarta Bianco y Estefanía Liste y los estudiantes Melina Sesto, Paloma Peralta González y Juan Pablo Soria Condori.

Con el objetivo de que estas reflexiones puedan ser insumo para futuras investigaciones no solo sobre aspectos institucionales de la Escuela, sino de la propia historia de Córdoba, las entrevistas fueron filmadas por Pablo Becerra, del Área de Tecnología Educativa de la FFyH y quedaron resguardadas en el repositorio Ansenuza.

En el marco de los 50 años del último Golpe de Estado y los 80 años de la FFyH, y como cierre del Proyecto, a fines de abril se organizó el panel Memorias en común. La Escuela de Historia en la transición democrática, un conversatorio con Ana Inés Punta, Marta Philp y Alejandra Amuchástegui, que contó con la presencia de gran parte de la comunidad de la Escuela, desde estudiantes de primer año de la carrera hasta docentes jubiladxs, quienes protagonizaron un debate e intercambio de experiencias muy valioso.

Para recuperar esas intervenciones, entrevistamos a Ortiz, quien cuenta desde el presente algunas de aquellas disputas del pasado reciente en torno a la demorada democratización en la Escuela y la Facultad, y también algunas continuidades con el régimen dictatorial.

  • La Escuela de Historia fue un lugar muy politizado en las décadas previa a la dictadura del 76, y por lo tanto una de las instituciones más afectadas por el Terrorismo de Estado, ¿Qué Escuela encuentran docentes y estudiantes, una vez recuperada la democracia en el 83? ¿Qué seguía vigente o vivo de la dictadura?

Efectivamente la Escuela de Historia se había politizado fuertemente en la década de 1960 y 1970, tanto en el campo estudiantil muy radicalizado, como también entre los docentes y las disputas historiográficas. En los recuerdos de la gente que lo vivió, es sustancial la diferencia entre el grupo de historiadores reunidos en torno al profesor Carlos Segreti, que se identificaban con una forma de historia más tradicional y se distanciaban de quienes se agrupaban alrededor del profesor Ceferino Garzón Maceda, que se dedicaban a un tipo de historia renovada al estilo historia social y económica francesa, asociada al marxismo también. Desde 1975, este segundo grupo de profesores fue cesanteado por su “peligrosidad”, mientras los otros se instalaron en cátedras, en la gestión de la Facultad y en el Conicet. Por lo tanto, la salida de la dictadura implicó la vuelta de quienes habían sido “separados” de su cargo -el eufemismo que utilizaban las resoluciones donde el Consejo Directivo reconocía las cesantías por razones políticas-, que en muchos casos se habían exiliado y en muchos otros se habían insiliado. Esa vuelta no fue sin conflictos, porque en muchos casos otra gente había ocupado los cargos sin concursos ni formación específica en la materia, y eso no sólo generó un conflicto político sino también historiográfico.

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Al mismo tiempo, los estudiantes volvieron a participar de organizaciones propias, como fueron los cuerpos de delegados, centros de estudiantes y órganos colegiados universitarios, que habían estado prohibidos durante la dictadura. Allí también hubo una vuelta de estudiantes que habían sido expulsados o presos por su militancia política anterior al golpe de Estado, y se juntaron con la generación de jóvenes que vivieron la efervescencia política de la reapertura democrática.

  • ¿Cómo se fue transformando la Escuela durante el proceso de normalización universitaria? Y ¿Cuánto tiempo llevó ese cambio?

La mayoría de la gente que vivió y estudió esos años acuerda en que fue una normalización demorada y conflictiva, que empezó en 1983 pero no terminó antes de 1987. Uno de los datos más destacables es que quien fue designado decano normalizador de la FFyH para ese período fue justamente Carlos Segreti, que en 1984 inició el proceso de reincorporación de los cesanteados, pero no les permitió volver a sus cargos sino hasta 1985. Luego de ello se desarrollaron los concursos docentes para concluir con la normalización, aunque en muchas memorias se trató de concursos “arreglados” para que quedasen los que estaban desde la dictadura, y fueron profesores que permanecieron en sus cargos hasta la década de 1990. El tema de los concursos era clave para la normalización de los órganos colegiados de la UNC, ya que los representantes del Honorable Consejo Superior como de los Honorables Consejos Directivos debían ser concursados. Y hasta que ese requisito no fuera cumplido, esas instituciones estaban sin representación democrática de la Facultad.

Otro de los puntos clave de la normalización fue la transformación de los institutos de investigación que existían hasta ese entonces en el CIFFyH tal y como lo conocemos hoy, que termina sucediendo en 1987. Para eso se designaron comisiones de investigación sobre el funcionamiento del Instituto de Estudios Americanistas y el Instituto de Antropología, entre otros, que debían demostrar cómo es que esos institutos funcionaron en los años de la dictadura donde no había control sobre el manejo de los recursos materiales y sus fondos documentales, por ejemplo.

Por todo ello es que consideramos que fue casi toda la década de 1980 la que implicó la transición a la democracia y la reprofesionalización de la Historia en Córdoba.

  •  ¿Qué actores fueron determinantes para reconstruir -si es que eso fue posible-una nueva Escuela?

No sé si se puede hablar de una Escuela nueva con la democracia, justamente por que los historiadores analizamos las transformaciones de las sociedades en el tiempo. De manera que la Escuela de Historia en democracia no puede examinarse sin ese legado de la dictadura. Lo que sí se puede afirmar con claridad es que el lugar del movimiento estudiantil fue clave en esa renovación democrática, que se hizo evidente en el cambio del plan de estudios, que inició en 1984 y terminó en 1986. Todas las discusiones por las materias que se agregarían y se quitarían, pero sobre todo por el tipo de historia que se consideraba importantísimo enseñar y aprender, fueron los debates centrales en esos años. La disputa, otra vez, era si historia historicista, tradicional, o historia renovada. Para los estudiantes debía ser lo segundo, quitar Historia de España como materia obligatoria, que remitía al colonialismo, y agregar Historia Contemporánea de Asia y África, pensando en las consecuencias del imperialismo en el Tercer Mundo, por ejemplo. Una cuestión que no es menor es que ese plan de estudios es, con algunas mínimas modificaciones, el que tenemos hasta hoy en la Escuela de Historia. Es decir, que las discusiones centrales sobre la historia que necesitamos enseñar y aprender, no se han podido volver a tener desde 1986 hasta ahora. Desde esa perspectiva, podemos decir que hubo algo estructural con el retorno democrático en la Escuela que no se pudo cambiar hasta el presente.

  • Como equipo del Proyecto Memorias en Común, ¿qué es lo que más les impactó o llamó la atención del conversatorio a 50 años del Golpe, que fue muy participativo?

Antes del conversatorio de abril de este año, hicimos un mural en la Escuela de Historia en marzo de 2025. Esa fue una primera instancia de encuentro entre distintas generaciones de la Escuela, que se volvió a producir justamente con el panel de hace poquito. Y creemos que lo más rico de esos momentos es el diálogo intergeneracional. Que vengan profesoras que estuvieron cesanteadas en 1975, con quienes eran estudiantes en los años 80 que fueron los impulsores del cambio de plan de estudios, con quienes fuimos estudiantes en los 90, o los 2000; conversando con generaciones de estudiantes de distintas camadas e incluso ingresantes de este año; fue muy enriquecedor. Porque nos ayuda a comprender cómo llegamos hasta acá, qué tuvo que pasar para que tengamos la Escuela que tenemos, formada por grupos de docentes y estudiantes que de alguna manera somos herederos de esas disputas y tenemos la responsabilidad de conocerlas y saber cómo nos posicionamos ante el presente y el futuro.

  • ¿Cómo seguir trabajando esas memorias hoy y en el futuro?

Esperamos que la colección de entrevistas que dejamos a disposición en el repositorio Ansenuza sea un material útil para quienes quieran investigar sobre procesos históricos e historiográficos en los años de la transición a la democracia en el ámbito de la Escuela de Historia de la FFyH. Además, puede constituirse como antecedente para que otros espacios universitarios indaguen sobre sus propios procesos institucionales que tuvieron lugar entre dictadura y el retorno democrático. Estudiar el pasado reciente tiene la potencia de habilitar reflexiones sobre el presente y futuro. Todo ello, enmarcado en el compromiso de recomponer la Escuela de Historia y restituirle el carácter de espacio atravesado por el debate y el pensamiento crítico que hoy nos identifica como comunidad.

Por Camilo Ratti