#Dossier3J | A once años de la primera movilización de Ni Una Menos y a veinte años de la sanción de la Ley de Educación Sexual Integral, Guadalupe Molina, docente de la Escuela de Ciencias de la Educación y coordinadora de la Diplomatura Universitaria en ESI, géneros y sexualidades de la FFyH, reflexiona sobre la persistencia de las violencias por motivos de género en la Argentina y la necesidad de fortalecer las políticas educativas orientadas a su prevención. A partir de los recientes femicidios de Agostina Vega y Dulce Candia, y de la desaparición de Delicia Mamani, el artículo analiza las tramas de impunidad que sostienen estas violencias y advierte sobre el impacto del desfinanciamiento y el debilitamiento de las políticas públicas de género.
En los primeros días del mes de mayo me convocaron para participar de una instancia de formación docente en ESI, Promoción y Prevención de Violencia de Género con motivo de un nuevo 3J, invitación que acepté con gusto. Sin embargo, nunca imaginé que los días previos a esa jornada pusieran todo nuevamente patas para arriba. Es que los femicidios de Agostina Vega de 14 años en Córdoba (24 de mayo de 2026) y Dulce Candia de 17 años en Eldorado, Provincia de Misiones (21 o 22 de mayo de 2026), además de la falta de respuestas ante la desaparición de Delicia Mamani (desde hace más de 6 meses) constituyen un cimbronazo que nos vuelven a poner cara a cara con las reverberancias de una sociedad patriarcal que continúa generando daño, odio y muerte.
Desde 2015 cada 3 de junio el movimiento #NiUnaMenos levanta la voz contra la violencia de género para gritar BASTA a la violencia machista. El femicidio de Chiara Páez de 14 años en Rufino, Provincia de Santa Fe (9 de mayo de 2015), detonó este movimiento que visibiliza una situación histórica que encuentra enlaces con otros crímenes antes y después.

Por ejemplo, releía en estos días, una nota sobre el #NiUnaMenos en las escuelas que publicamos en este mismo medio en 2019 ante los femicidios de Jessica González de 29 años en Viamonte y Aydee Palavecino de 18 años en Alta Gracia, ambos en Córdoba, en el mismo día (1 de junio de 2019), justo antes de otro 3J muy conmovedor. Similar situación vivimos en este 2026, en el que se produce un femicidio, lesbicidio, transfemicidio cada 31 horas en nuestro país. La pregunta es: ¿cómo los femicidios siguen ocurriendo? Estos no son solo nombres, fechas, edades, estadísticas. Es un alarido ante el que la sociedad hace oídos sordos, es el revés de una trama de injusticias profundamente arraigadas en nuestra sociedad.
Unos meses después del primer 3J, el movimiento #NiUnaMenos dio pie para la Jornada Educar en Igualdad, surgida como respuesta política enmarcada en la Ley 27.234, que institucionaliza una nueva estrategia para abordar la violencia de géneros en las escuelas y potenciar la ESI. Hoy este combo político-pedagógico requiere ser fortalecido, aún más en este contexto de ataque del Estado hacia las políticas de género, no solo por su desfinanciamiento sino por una serie de discursos odiantes que se fogonea desde arriba. Posición estatal que se explicita en medidas concretas como haber derogado a través del Decreto 436/2025 del Poder Ejecutivo el artículo tres de la Ley 27.234 que establecía que el Estado nacional debía organizar estas jornadas durante cada ciclo lectivo. En lugar de ello, deja libradas a las provincias la responsabilidad de su concreción, bajo el argumento de que la educación está en manos de las jurisdicciones, desconociendo el sentido y valor de un Sistema Educativo Nacional. Cabría la pregunta: ¿somos una república o una confederación de provincias aisladas? Ello abre a otras aristas de una discusión que no puede desarrollarse aquí pero que no debo dejar de mencionar porque es uno de los argumentos privilegiados de LLA para justificar la aniquilación de lo común como vector central de una nación democrática.

Permítanme volver a una idea del inicio de este artículo: vivimos un nuevo cimbronazo de la sociedad patriarcal. Estos últimos femicidios, en especial el de Agostina Vega, han sido crueles, despiadados, tristísimos, desgarradores (como cualquier femicidio). Han desnudado una impunidad ya sabida pero que en el cuerpo ultrajado de Agostina toma dimensiones obscenas. Una impunidad ultrajante y al desnudo que se aprecia en señores con títulos de abogado, en funcionarios del gobierno provincial, en legisladores que dicen representarnos, en las maniobras del Intendente, del Ministro, en quienes portan uniforme policial y reprimen, en el silencio de periodistas que se quedan perplejos ante la valentía de una compañera que le dice al fiscal “¡¡no sea cínico, fiscal!! no sea cínico”.
¿Qué quiere decir impunidad? ¿Por qué y cómo la impunidad es posible? ¿Qué cosas se han roto en nuestra sociedad para tolerar o aceptar la impunidad sin más, sin repregunta? ¿Cómo es que quienes ocupan lugares de poder ya no se conmueven con el menosprecio de la vida? ¿Cómo viven esa farsa de emocionalidad ciega y sorda que se las ingenia para ser funcional a la profundización de las desigualdades y jerarquizaciones en nuestra sociedad?

Impunidad ocurre cuando quien protagoniza un “acto ilícito” logra evadir la acción de la justicia, sin que sus acciones tengan consecuencias legales, ni sociales, ni de ningún tipo. Una falta de consecuencias que libera a quien comete ese acto de toda culpa o pena. Más complejo aún si pensamos la justicia como justicia social, justicia educativa, justicia epistémica, justicia erótica, justicia de género. ¿Cuáles actos van en detrimento de lograr horizontes más justos para todes? No solo las instituciones están corrompidas, sino también la trama social. Pero lejos de querer diluir la cuestión de la impunidad en la “idea tranquilizadora” de que se trata de un mal generalizado contra el que no podemos hacer nada, allí están los feminismos como potencia política emancipadora y la ESI como motor de cambio cultural que se juega desde tramas educativas diversas y situadas.
Con estas cuestiones inicié la jornada de formación docente el miércoles 3 de junio de 2026 por la mañana, con estas inquietudes en la piel marchamos bajo la lluvia por la tarde. Es que la muerte de una piba de 14 años, es la muestra extrema del espanto, expresión por demás elocuente de la vulneración de derechos que se ensaña con los cuerpos de las mujeres y personas LGBTIQ+. Sus ausencias son un desgarro colectivo, sus rostros están en todos lados. Tal como lo enuncia vir cano: Una de las mayores potencias de los trans-feminismos es no haber perdido la capacidad de afectarnos y con-movernos frente al horror del mundo y el dolor ajeno. No hay negacionismo, crueldad, mutismo o amedrentamiento que pueda con esto.

A 11 años de junio de 2015 y a 20 años de la Ley 26150 de Educación Sexual Integral, la violencia de género sigue siendo un flagelo. En este panorama, la ESI continúa constituyendo un destello y un faro para el #NiUnaMenos, un camino irrenunciable para la lucha contra las violencias de género, la denuncia de los privilegios de unos pocos, y el desocultamiento de una trama en la que se funden y potencian: racismo, machismo y capitalismo.
Ante ello, es necesario reponer algunas ideas y nociones que nos permiten comprender mejor el asunto para corrernos de complicidades impunes. Como nos recordara Susy Shock hace un tiempo, hay que volver a explicarlo todo de nuevo para reponer una idea muy simple y, a la vez, fundamental: cada vida vale. Las referencias centrales al respecto las han planteado claramente los feminismos y trans-feminismos al sostener en alto la apuesta política por construir un mundo más vivible, es decir, justo, solidario, democrático, en el que la existencia no sea un riesgo. Un mundo en el que la vida valga, en el que todas las vidas valgan, tengan sentido, tengan derecho a transitar sin riesgo a ser estigmatizadas, discriminadas, dañadas, aniquiladas. Estamos inmersos en una trama social que naturaliza y legitima tales dinámicas, es decir, las acepta, invisibiliza y oculta. Naturalizar quiere decir no cuestionar una realidad, hacer como que no pasa nada, no hacer(nos) preguntas, no detenernos a reflexionar. A su vez, legitimar implica también reificar tales injusticias en la vida de las instituciones donde es aceptado o pasa por norma, incluso como “legal”, aquello que produce injusticias.

El femicidio de Agostina nos ha conmovido particularmente, entre otras cosas, porque se trata de una adolescente de 14 años, “una niña” como se ha dicho tanto por estos días. A contrapelo de la podredumbre que su crimen ha desocultado, dos voces han quedado resonando. Por un lado, la de su preceptora, Cecilia Ruiz, que manifestó: “nos duele porque cada infancia es una trayectoria, es un vínculo y una presencia en nuestras vidas, y que se corte así, de esta manera es tremendo… Nunca pensamos que nos iba a pasar a nosotros pero pasa”. Por otro, la de Ariel Torres, el remisero que traslada a Agostina, a quien le llama la atención que viajara sola, le pregunta cómo se llamaba y entabla una conversación con ella. Ambos resaltan su sonrisa, “estaba contenta” dice Torres.
Gestos como estos no evitaron el atroz desenlace, pero sí ponen sobre la mesa miradas sensibles que pueden abrir otras puertas. Gente común con vidas comunes que privilegian la atención y el cuidado donde solo parece haber abismos. Ante las tramas de impunidad instaladas, estas voces y miradas, atentas a una adolescente, dan cuenta de una veta por donde zafarnos. ¿Esto es importante? Sí. ¿Esto alcanza? No. Quienes trabajamos con infancias, adolescencias, juventudes sabemos muy bien que en un pequeño gesto puede estar la diferencia. Quienes hacemos una ESI con perspectiva de género sabemos de su potencialidad para alojar malestares, prevenir violencias, acompañar trayectorias complejas. Quienes entendemos que la ESI es a la vez un derecho y una oportunidad político-pedagógica nos cuestionamos acerca de lo que hoy está pasando con la ESI en las escuelas.

María Saleme invita a preguntarnos si entre les/as/os docentes existe algo así como una “conciencia de engranaje”, es decir algún registro a la vez personal y colectivo, de las implicancias políticas del trabajo docente, y puntualmente del trabajo de enseñar. Empieza por cuestionarnos acerca de qué sabe el/la/le docente de su propia figura como docente, desde dónde se construye su práctica y hacia dónde se dirige. ¿Tenemos les docentes esa conciencia de engranaje? ¿Pueden los pequeños-grandes gestos construir puentes con lo que les pasa a las infancias y juventudes? ¿Hay alguna forma de interpelar las tramas de injusticia e impunidad, también desde la ESI?
Ante un nuevo femicidio nos volvemos a conmover, más gente se conmueve, decenas de miles de personas salimos a las calles pero, ¿hasta cuándo? El grito de BASTA del movimiento #NiUnaMenos, es el grito de MÁS ESI EN LAS ESCUELAS hoy en el país. Fortalecer la ESI es central para abordar puntos críticos sobre la violencia de género, la construcción de masculinidades, los usos de redes sociales, los vínculos entre generaciones, el consentimiento y el reconocimiento del otro, la otra, le otre, tanto entre pares como en toda la comunidad educativa..
Más ESI es lucha en las calles y en las aulas, en los pequeños gestos de atender, cuidar, compartir, escuchar, preguntar, conversar. Más ESI es reparar en los detalles de una pedagogía feminista que amplie el horizonte de justicia social, sexual y epistémica, indispensable para construir escuelas y sociedades libres de violencias machistas y crímenes de odio. Más ESI es, también, la acción política de organizarnos en torno a la defensa de una política pública que se fue expandiendo y consolidando con los años y que hoy se encuentra en riesgo. Y me gustaría agregar aquí que éste es el objetivo principal del Movimiento Federal xmásESI, conformado en octubre de 2023 por docentes y activistas de todo el país antes los ataques a la ESI durante la campaña presidencial por parte de LLA que luego asume el gobierno nacional. El Movimiento Federal xmásESI, concretado desde entonces, es una trama, una ola, un aliento que potencia y amplía la ESI en Argentina y la región. Se puede acceder a sus materiales a través del instagram @xmasesi2006. Sumarnos al grito de MÁS ESI EN LAS ESCUELAS es también construir y fortalecer lazos entre colegas e instituciones.

Para finalizar, dejo un fragmento de “Justicia”, texto que integra el libro “Conversar la Escuela. Complicidades pedagógicas para otra ternura”, coordinado por Belén Groso (2021):
¿Se pueden reparar los costos de la injusticia? La justicia debe dar espacio al bienestar “sentirse mejor no es un signo de que se ha hecho justicia, ni debe reificarse como la meta de la lucha política. Pero de todos modos sentirse mejor sigue siendo importante, pues se trata de aprender a vivir con las heridas que amenazan con hacer la vida imposible” (Amhed, 2015).
Será entonces que nos preguntemos: ¿Qué nos hace sentir mejor? ¿Puede la escuela hacernos sentir mejor?
Frágil la escuela que reconozca injusticias;
frágil la escuela que trabaje con las heridas;
frágil la escuela que reconozca al otro, le dé acogida, hospitalidad;
frágil la escuela que nos haga sentir mejor;
frágil la escuela que dé lugar a los afectos, que ponga en el centro las vidas en sus diferentes manifestaciones, y que sea así una escuela más justa.