¿Cuántxs somos y cómo estamos?

Aquí compartimos la nota que realizó el equipo de Femiciencia a Ivanna Aguilera, coordinadora del Área Trans, Travesti y No Binarie de la FFyH.

Hola! ¿Cómo estás? Bienvenidx a un nuevo número de Femiciencia, edición en la que abordamos la inserción de la población trans y travesti en el ámbito educativo.

“¿Cuántxs somos lxs que estamos? Y lxs que estamos, ¿cómo estamos?”, es el primer relevamiento de población travesti, trans, no binarie e intersex impulsado desde el Área Trans, Travesti y No Binarie de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

Ivanna Aguilera, encargada del Área Trans, dialogó con Femiciencia sobre la accesibilidad y permanencia de las diversidades en el ámbito educativo y ofreció una mirada sobre este primer relevamiento.

Ivana Aguilera

Ivanna Aguilera tiene 64 años. Oriunda de Rosario (Santa Fe), habita la ciudad de Córdoba desde 1984, cuando tomó la decisión de mudarse por una persecución policial encausada en su identidad de género.

Ivanna cuenta que su exclusión del sistema educativo inició a sus 9 años, cuando las autoridades escolares notificaron a su hermana mayor que sería expulsada del colegio por su “condición de inmoral”. En esa Rosario de sus inicios, Ivanna también conoció la amistad, habló con la primera mujer trans de su vida y vivenció en carne propia los tiempos oscuros de la última dictadura militar de nuestro país.

Su llegada a Córdoba marcó los inicios de una militancia activa por una causa común: “trabajar para que las nuevas generaciones puedan traducir en derechos las conquistas que tenemos”, nos dice Ivanna.


¿Cómo te presentarías, cuál es tu historia?

Mi nombre es Ivanna Aguilera, soy una mujer trans y tengo 64 años, nací en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Desde el año 1984 vivo en la ciudad de Córdoba. Me mudé a Córdoba justamente por mi transexualidad, mi expresión y visualización desde muy niña. Somos seis hermanxs huérfanxs que nos criamos entre nosotrxs. A los 11 años dejé el colegio, no tenía lo que los otros niños tenían y mis hermanos me daban mi formación.

A los 13 años viví en el centro de Rosario y conocí a otra compañerita trans que vivía al frente de mi casa. Nos reconocimos sin saber quiénes éramos realmente. Sabíamos que éramos mujeres, pero teníamos en claro que éramos diferentes. Un día salimos juntas por el centro y vimos a una mujer inmensa, con pelo batido y colorado, maquillada, hermosa, con vestido y piernas largas. Nos identificamos con esa mujer, fue la primera mujer trans que conocimos y de alguna manera, sin decirlo, sabíamos que éramos como ella. Íbamos todas las tardecitas a la esquina a verla y ella se quedaba un rato con nosotras, era trabajadora sexual. Compartíamos un rato y luego nos echaba, porque estaba trabajando.

Una tarde, durante la dictadura cívico-eclesiástico-militar, estábamos hablando con ella y llegó un camión de militares y nos capturaron junto a esta compañera trans adulta mayor. Fuimos detenidas y secuestradas durante tres días en los que sufrimos diferentes tipos de torturas como picana eléctrica, golpizas y, en nuestro caso, el debut sexual con una violación grupal. En ese momento yo tenía 13 años. Pasadas las 72 horas nos sacaron y nos dejaron tiradas a la madrugada en un campo detrás del frigorífico Swift, que se encuentra en las afueras de Rosario. Un hombre que pasaba nos vió y nos recogió. Nos salvamos gracias a este ciudadano que se apiadó de nosotras. Así empezó un motivo de persecución bastante particular en Rosario, no solamente por la dictadura y los militares, sino también por la policía local que me seguía mucho. Me llevaban detenida, pero no a una jefatura o seccional, sino que me capturaban, me desnudaban, me golpeaban y me dejaban tirada siempre en algún descampado. Una especie de “corrección” que yo no entendía bien. Indagando, me enteré de que tenía medio-hermanos en la fuerza que habían dado esa orden, por lo que me fui de Rosario.

Acá en Córdoba la situación no era diferente, porque la persecución policial también era continua, pero no tenía ese plus de ser una caza personal como en Rosario. Vine a Córdoba en el ‘84 huyendo de la violencia institucional. Acá no había ningún tipo de militancia, la población estaba diezmada y con mucho miedo.

¿Cómo surgió tu interés en la militancia por los derechos de la población travesti-trans-no binarie?

En Córdoba sufrimos una persecución constante a través de los edictos policiales con el artículo N° 19 del código de faltas, que era por “vestimenta indebida contraria a la identidad”, con el que se nos detenía y nos daban 90 días de arresto. A eso le aplicaban otro artículo, que era el N° 22 sobre “prostitución”. Pero no era una prostitución cualquiera, sino que era una “prostitución escandalosa”. Entonces, vos eras una “prostituta escandalosa”.

En el año ‘89, casi ‘90, frecuentábamos el único boliche que había para la población de mujeres trans y travestis en Córdoba, porque tampoco teníamos aceptación dentro de los boliches gay que existían en ese momento, había un cartel que decía “se prohíbe la entrada a los varones vestidos de mujer”.

Había un solo boliche llamado “Somos”, y era muy problemático llegar porque la policía te detenía con los artículos, pero siempre estaba lleno. Un día, a fines del ‘89, hicieron una razzia generalizada, pero obviamente quienes quedamos detenidas fuimos las mujeres trans y los dueños. A las mujeres nos apresaron por “prostitución” y a ellos por “facilitación de la prostitución”.

Nosotras nos organizamos, apelamos la sentencia y hubo un juicio que fue muy reconocido en la época: “el juicio de los travestis”, como se llamó acá en Córdoba. La cuestión es que nos dieron 30 días de detención, y ese suceso nos hizo entender que teníamos que hacer algo al respecto. Ahí comencé a viajar a Buenos Aires, a la CORREPI (Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional), para formarme en Derechos Humanos. En los ‘90 creamos la primera organización de diversidad de Córdoba, la Asociación contra la Discriminación Homosexual —porque en los ‘90 no teníamos siglas, sino que todes nos englobábamos en “homosexuales”—.

A partir de esa primera organización, que armamos siendo cinco travas y dos gays, empezamos a reclamar derechos en Córdoba. Así empezó mi militancia por un reclamo claro y contundente, porque yo siempre digo que anteriormente mi visualización y expresión eran mi militancia, pero mi compromiso político, social y personal lo tomé en los ‘90, con la formación de esta organización con la que hicimos un trabajo sumamente importante en Córdoba.

Así inició un camino de militancia. En el ‘98 se llevó adelante el tercer Encuentro Nacional GLTGTB, en ese momento teníamos esas siglas. Acá en Córdoba no teníamos un espacio, pero un compañero gay que estaba en el ámbito universitario consiguió un lugar allí para los talleres y demás. Así fue como conocí la universidad.

Tiempo más tarde, cuando en el año 2016 se llevó adelante una campaña sobre inclusión laboral trans y travesti, presenté un proyecto en la Cámara de Diputados de Buenos Aires junto a la diputada nacional Gabriela Estévez. Se trataba de un proyecto de inclusión laboral trans y travesti, que implicó un trabajo a nivel nacional con todas las organizaciones y que luego se materializó en la actual Ley de Inclusión Laboral Trans y Travesti Diana Sacayán Lohana Berkins.

¿En qué contexto se crea el Área Trans, Travesti y no Binarie de la FFyH-UNC? ¿Cuáles son sus funciones?

Desde el ‘98 tengo un trabajo militante y territorial dentro del espacio universitario, principalmente en ese momento trabajando con los centros de estudiantes amigables para poder poner la voz, mostrarme, expresarme. El ámbito universitario no es muy amigable hoy en día, y en esos años menos que menos. Pero bueno, así empecé con un trabajo militante en diferentes facultades, donde podía. Un trabajo de visualización y de formación, por así decirlo. Siempre fui contenida y abrazada por la Facultad de Filosofía y Humanidades.

Luego de mucho trabajo de campo en el ámbito universitario, fui convocada por la gestión que ingresó en 2016, conformada por Juan Pablo Abratte y la actual decana, Flavia Dezzutto. En ese momento, me dijeron “nosotros entendemos tu reclamo, entendemos lo que vos decís sobre que el saber académico sin el saber territorial y vivencial hace agua. Entonces, ¿qué mejor que fusionar esos dos saberes para llevar adelante un trabajo en conjunto?”.

Con esa invitación se conformó el Área Trans y Travesti, de la que me pusieron al frente para implementar políticas concernientes al colectivo y específicamente a la población trans y travesti, que pudiese estar dentro del ámbito educativo terciario.

Lo que hacemos desde este área es velar para que la ciudadanía universitaria abrace y contenga a esos cuerpos trans y travestis. Primero eso, y después llevamos adelante políticas de acción, como el primer relevamiento sobre identidades dentro del ámbito educativo terciario, para saber cuántos éramos, y conocer nuestras circunstancias. A partir de ahí veríamos que tipo de políticas se podrían llevar adelante para contener el ingreso y permanencia de estudiantes.

¿Cuáles creés que son las razones por las cuales sigue siendo bajo el porcentaje de personas travesti-trans que comienzan estudios universitarios de grado y aún más de posgrado?

El primer gran problema es el laboral; más allá de que el estudio dentro de las universidades nacionales sea “libre y gratuito”, sabemos que no es tan así y que para una persona trans sin trabajo fijo es mucho más complicado. Y segundo, porque la mayoría de la población trans y travesti —sobre todo la femenina— es expulsada del ámbito educativo desde temprana edad, entonces es muy bajo el porcentaje de personas que tienen estudios formales y que llegan al ámbito secundario y después al terciario. Y aquellos que llegan, por una razón u otra tienen un gran problema con la permanencia, porque el ámbito educativo sigue siendo violento.

Entonces, cuando la persona trans llega a sortear esas problemáticas, se encuentra con esa violencia dentro del ámbito educativo, como es la falta de que mínimamente te llamen por tu nombre. En el caso de las mujeres trans, por ejemplo, cuando empiezan a hacer su construcción ya dejan de ser el varón feminizado, esa “mariquita escandalosa” que mal que mal es mariquita, pero sigue siendo varón. Pero cuando la mujer trans hace esa transición y da ese otro paso, que es el de transgredir las normas, y pasa a transformarse y expresarse como un género que en teoría no le corresponde, cambia la expresión y cambia el trato. Esa “mariquita escandalosa”, que tenía una determinada aceptación, ahora es una trava y debe encontrarse con esos mismos compañeros, profesores, no docentes y demás que cambian su manera de comunicarse con ella o le dejan de hablar.

Pasa mucho con las mujeres, ahí también hay una gran deserción. Si vos sos mujer y hacés tu transición a varón tenes más aceptación. Nosotras, en cambio, somos castigadas por nuestra identidad femenina, por ser mujeres. ¿Cómo se nos ocurre? Si vas a una universidad vas a ver que es más común ver varones trans y travestis formados. Pero bueno, ese es el problema: la feminidad, el ser mujer también acarrea una gran problemática. Se nos castiga por ser mujeres, por expresar una identidad femenina.

Entonces ese es el gran problema de los cuerpos dentro del ámbito educativo. Cuando te visualizás te expulsan y, en el caso de que hagas tu transición, te encontrás con que ser trans es un problema y ser mina aún más.

El porcentaje actual no es nada, hay una sola científica dentro de Conicet que es trans. No podemos seguir con esto, porque es la política de “lo correcto». “Tenemos una, entonces estamos fantásticos”. No, minga, no estamos “fantásticos” cuando a vos desde niña te quitan todos tus derechos por tu expresión de género, cuando pertenecés a una población que tuvo trabajo gracias a un proyecto de ley, cuando sos ciudadana argentina y sin embargo no podés hacer uso del derecho a la identidad que te otorga la Constitución Nacional.

Nosotrxs tuvimos que trabajar sobre un proyecto y convertirlo en ley para que después esa ley haga cumplir lo que ya estaba establecido en la Constitución Nacional, imaginate qué tan desiguales somos. Es la Constitución y no puedo acceder a mis derechos porque el gran problema es la transexualidad.

Todas queremos trabajar. ¿Sabés por qué todas trabajamos y reclamamos poder hacerlo? Para poder elegir y decidir, nada más. Que mi transexualidad no sea un problema, que una pibita que se exprese como mujer no tenga dificultades en la escuela por hacerlo, que la expresión y la visualización de una persona no sean un limitante que te quite todos tus derechos.

Vivimos en una sociedad pacata que se asusta de las personas trans y travestis, pero ¿quiénes consumen a lxs trans y travestis, mi amor? ¿De qué vivimos? ¿Del maná? No, no cae maná, tampoco existe, no cae nada del cielo. Incluso también es una cuestión desde adentro de nuestra casa. En los centros educativos, todavía siguen diciéndole a los pibes “no llores porque sos maricón”.

Es una construcción que empezó hace muchos años, y hace poco —12 años— que tenemos conquistas y estamos trabajando para que estas propicien un futuro mejor. Un futuro que yo no voy a ver y otras compañeras más jóvenes tampoco, pero en algún momento esas conquistas se van a transformar en derechos para que las generaciones venideras puedan hacer uso de su ciudadanía como corresponde, y para que su transexualidad no sea un impedimento para construir una familia y una vida.

El problema es que los ámbitos educativos son expulsivos con los cuerpos trans. Aún si esas personas ingresan al ámbito académico, luego también serán excluidas. Tenemos compañeras trans que tienen título y lo tienen colgadito, porque no se las convoca, no las llaman para cumplir horas, entonces no pueden hacer una carpeta con antecedentes para poder concursar y demás, porque las limita su transexualidad. Eso también es un gran problema desde el ámbito de formación primario hasta el terciario.

¿Qué políticas socioeducativas podrían proyectarse para que todas las corporalidades e identidades sexogenéricas puedan iniciar y permanecer en los estudios universitarios plenamente y en ejercicio de sus derechos?

Todas las problemáticas que sufrimos la población trans y travesti, sobre todo la femenina, se solucionarían en gran medida con un solo trabajo, con acceso laboral. Lo laboral nos permitiría desarrollarnos en todo lo demás. El trabajo nos va a dar la autonomía que dignifica, y la posibilidad de desarrollarnos.

Con trabajo vamos a poder resolver las problemáticas que tenemos, no el 100% porque vamos a seguir teniendo los conflictos que tienen todos los demás ciudadanos, pero apuntamos primero a tener los mismos derechos y después a renegar de la misma forma en que reniegan todos, todas y todes.

Ivana Aguilera

“Antes de finalizar la entrevista les digo una cosa” agrega Ivanna: “hoy en día, con 64 años, me encuentro con que algunas cosas parecieran resueltas en mi vida, pero no. Soy un cuerpo viejo que tiene un montón de problemas, tengo que trabajar para que las nuevas generaciones puedan traducir en derechos las conquistas que tenemos, y tengo que trabajar para ver cómo puedo acceder a esos poquitos derechos que tienen lxs demás viejxs en mi país”.

A su edad, Ivanna pudo culminar su formación, se convirtió en madre y abuela. Como ex presa política, fue la primera mujer trans en participar de un juicio por delitos de lesa humanidad en Rosario. Incluso tiene una sentencia de la justicia federal que confirma que la persecución que sufrió durante la última dictadura militar fue producto de su identidad de género.

Ivanna reflexiona sobre la situación de las vejeces trans y asegura “las leyes no me abrazan a mí como vieja trans, porque la vejez no está pensada para los cuerpos trans”. Así, quienes logran atravesar la barrera de la corta expectativa de vida de la comunidad —comprendida entre los 35 y 40 años— no sólo deben luchar para que las nuevas generaciones travesti y trans puedan ejercer sus derechos, sino también adentrarse al campo de batalla que implica formar parte de la tercera edad en Argentina.

“Mirá cómo es el batallar continuo de una persona trans y travesti, que ni siquiera siendo vieja puedo descansar. Celebro la vejez, pero esta vieja tiene que seguir luchando para poder acceder a los poquitos derechos que tienen lxs demás. Es un continuo batallar y en la medida que podamos, acá vamos a estar”, concluye.


Nota original en la web: https://www.femiciencia.com/pages/newsletterContenido.html

 

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