En el marco de las actividades propuestas para el 80º aniversario de la FFyH, el 9 de octubre se presentó el libro “Programa Universitario en la Cárcel: agente político social y académico. Una indagación sobre sus primeros 20 años”, que documenta y analiza el impacto que tuvo y tiene hacia adentro de la Facultad y en estudiantes en contextos de encierro, a los fines de garantizar el derecho a la educación y promover la inclusión social en personas privadas de su libertad.
“El libro es resultado de una investigación sobre los primeros veinte años del Programa Universitario en la Cárcel (PUC), de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, que analiza su relevancia política, social y académica desde las voces de quienes lo integran: estudiantes bajo control punitivo, profesorxs, extensionistas, egresadxs y autoridades de las instituciones conveniantes: UNC, FFyH y Servicio Penitenciario Córdoba”, señala Alicia Acín, coordinadora junto a Mariel Castagno del libro e integrantes del equipo de investigación “Espacio Carcelar y producción de subjetividad”, que produjo este material radicado en el Área de Ciencias Sociales del CIFFyH.
Acompañada por Ana Correa, una de las impulsoras del PUC, Acín destacó que el material “es resultado de un trabajo interdisciplinario compuesto por psicólogos/as, abogados/as, pedagogas y trabajadora social, realizado en un periodo de tiempo que abarcó la pandemia por Covid 19, lo que llevó a flexibilizar la búsqueda de información e incorporar nuevas herramientas metodológicas durante el proceso investigativo”.
A pesar de esa situación excepcional, el libro combina análisis documental, encuestas y entrevistas en profundidad, conversaciones informales y testimonios de los actores clave del proceso de enseñanza y aprendizaje. “También se consultaron publicaciones de docentes que participaron en el PUC y reflexiones sobre sus prácticas en ese contexto”, completa Acín, para quien los principales hallazgos del programa creado en 1999 –uno de los primeros de la Facultad- es que “favorece el ejercicio de derechos en el marco de relaciones interinstitucionales complejas, disputando los sentidos hegemónicos respecto de la educación y el tratamiento penitenciario”.
Según la docente e investigadora, “estas experiencias retroalimentan a la universidad en las estrategias de enseñanza y en la producción de conocimientos situados en pos de promover aprendizajes significativos. A su vez, propicia la construcción de lazos sociales y ciudadanía a partir del reconocimiento de lxs estudiantes como sujetos de derechos, constituyéndose en un agente político, social y académico que promueve subjetividades y abre horizontes dentro y fuera de la prisión”.
Correa, en tanto, destaca del libro su experiencia educativa innovadora, compleja y transformadora, que desde la universidad pública y con una mirada crítica e interdisciplinaria, “pone en valor un Programa que garantiza el derecho a la educación de las personas privadas de libertad y promueve la inclusión social”.
En este sentido, sostiene que “el PUC constituye una irrupción del pensamiento y del conocimiento en un espacio atravesado por relaciones de poder, vigilancia y control”. Y es en ese contexto cuando la educación universitaria “permite cuestionar las prácticas naturalizadas de la cárcel y de la universidad, construir vínculos sociales y generar nuevas formas de comprender la realidad. Por ello, el programa posee una relevancia académica, política y social que contribuye a la defensa de los derechos humanos y los valores democráticos”.
Sin dejar de mencionar que el PUC ha estado marcado por tensiones, dificultades y contradicciones entre las distintas lógicas institucionales, a lo largo de su trayectoria “ha impulsado actividades de enseñanza, investigación, extensión y acompañamiento mediante el trabajo colectivo y la articulación entre el Estado, la sociedad civil y las instituciones educativas”.
Asimismo, Correa resalta el valor de las prácticas pedagógicas y de los vínculos entre docentes y estudiantes, “ya que la educación no solo transmite conocimientos, también transforma subjetividades, posibilita la reflexión sobre la propia historia y abre nuevas perspectivas de vida. Quienes transitaron el programa y recuperaron su libertad son testigos y protagonistas de cómo el acceso a la palabra, la escritura y el conocimiento puede contribuir a reconstruir identidades y proyectar otros futuros”.
Otro mundo es posible
Diego Neo, el primer graduado del PUC en 2016, hoy profesor de Filosofía, compartió su propia experiencia y previo a desandar las virtudes de un Programa profundamente transformador, recordó que éste había surgido desde el movimiento estudiantil en un momento político de ajuste y desfinanciamiento de la universidad pública, como está pasando hoy.
Luego explicó que la cárcel no es únicamente un espacio físico, “sino también una institución que organiza los tiempos, las relaciones, las expectativas y las formas en que las personas se perciben a sí mismas. En ese contexto, la llegada de la universidad introduce otra manera de comprender el mundo y de imaginar las propias posibilidades”.
Desde esta perspectiva, la educación permite cuestionar las identidades impuestas por la institución penitenciaria y “distinguir entre estar preso y ser preso. Una persona no debe quedar definida exclusivamente por su condena, su pasado o las categorías sociales que se le atribuyen”, afirma.
Subjetivación y el reconocimiento
Recuperando al filósofo David Hume, “quien nos obliga a volver siempre a la experiencia no como algo abstracto, sino a la experiencia concreta de los seres humanos”, Neo sostuvo que la experiencia universitaria “favorece el proceso de subjetivación para desarrollar nuevas capacidades, aprender a argumentar, dialogar, expresar ideas, debatir y producir conocimiento”.
Sin embargo, para él “no basta con que las personas tengan derechos formalmente reconocidos: también necesitan experimentar que son escuchadas, respetadas y consideradas capaces de aprender, enseñar e investigar”.
Y aunque la educación universitaria en la cárcel produce transformaciones, Neo aclara que “no constituye una solución mágica ni elimina las dificultades sociales, económicas e institucionales que enfrentan las personas después de recuperar la libertad. Transformarse no significa borrar el pasado, sino construir una relación diferente con él”.
En este sentido, también destacó la experiencia cooperativista vinculada al trabajo y la producción, que permite reflexionar sobre la continuidad de los procesos de transformación más allá del encierro. “Los conocimientos, los vínculos, los hábitos y las expectativas adquiridos pueden contribuir a construir nuevas oportunidades de participación social y laboral”, dijo Neo, y sus palabras resonaron fuerte. No solo en el público que lo escuchaba en el auditorio Hugo Chávez, donde transcurría la actividad, también –y sobre todo- en los estudiantes de distintas unidades carcelarias que lo hacían emocionadxs por la transmisión virtual a cargo de Andrés Ilcic, y por estudiantes liberados que se encontraban presente en el Pabellón Venezuela.
En un chat que iba leyendo Castagno, o hablando por la pantalla, expresaron sus miradas y compartieron cómo la educación a través del PUC transforma sus realidades dentro de la cárcel.
Cuando el micrófono se habilitó para la participación del público, Magdalena Brocca, una de las primeras integrantes e impulsoras del PUC, destacó que la transformación que éste produce no involucra únicamente a los estudiantes privados de la libertad, sino a docentes, investigadores, extensionistas y a la propia universidad: “Enseñó a la Universidad Nacional de Córdoba a reconocer la diversidad de sus estudiantes y a comprender que el carácter público y gratuito de la educación no garantiza, por sí solo, la igualdad de oportunidades. Para asegurar el acceso, la permanencia y el egreso, las universidades deben reconocer las distintas realidades de sus estudiantes, desarrollar estrategias pedagógicas adecuadas y generar condiciones institucionales que permitan ejercer efectivamente el derecho a la educación”.
También subrayó que la construcción del Programa “fue el resultado del compromiso colectivo, de las discusiones, los conflictos y la lucha por los derechos estudiantiles, tanto dentro de la universidad como en la cárcel”.
Además de palabras y testimonios de quienes desde la universidad y la cárcel han hecho y hacen posible esta experiencia, el encuentro tuvo un momento para el arte, con la exhibición de las pinturas de Pedro Mercado, quien fuera un activo participante del PUC, hoy dedicado a un microemprendimiento alimenticio. Pablo González Padilla fue el encargado de contar el proceso de realización de esas obras y los sentidos que el autor buscó expresar con ellas.
Antes del cierre, Acín y Correa, pero también Patricia Mercado, ex Coordinadora del PUC durante más de diez años, y Analía Umpiérrez, ex Coordinadora del Programa “Educación en contextos de encierro” de la Universidad del Centro (UNICEN) que participaron en una segunda instancia de panel, plantearon la necesidad de sostener y fortalecer el Programa Universitario en la Cárcel, no solo por las amenazas a los derechos conquistados, sino porque constituye una herramienta de transformación social, de ampliación de derechos y de construcción de ciudadanía, en el que la educación puede abrir posibilidades incluso en contextos de encierro, cuestionar las desigualdades y contribuir a la construcción de una sociedad más democrática, inclusiva y respetuosa de la dignidad humana.
Esta actividad se enmarcó en la celebración de los 80 años de la Facultad y contó con la presencia de la decana, Alejandra Castro, y la vicedecana, Andrea Bocco, la secretaria de Extensión, Liliana Pereyra, y la directora del PUC, Mariela Zabala. También estuvieron compartiendo el momento la directora actual de Educación de Adultos en contextos de encierro del Ministerio de Educación, Alejandra González, y exautoridades del Departamento de Educación del Servicio Penitenciario de Córdoba.
















